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OPINIÓNACTUALIZADA 16/07/2020 A LAS 01:00
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'Mascarillas'
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El virus de Wuhan nos ha cambiado la vida pero no debemos dejar que nos nuble la inteligencia. Seguimos dominados por la incertidumbre derivada de la falta de información. No tenemos una descripción completa del problema y mucho menos de su solución. Las opiniones ‘científicas’ están divididas. Aunque cada vez parece que se sabe más, todavía es insuficiente. Necesitamos más datos, más experiencia y experimentación. Y sobre todo, necesitamos tiempo para contrastar las cosas que se dicen y se hacen en los diversos planos interconectados.

Uno de ellos es la cuestión ‘médico-biológica’. Es decir, el ámbito donde se cruzan las perspectivas de quienes explican el funcionamiento del ‘bicho’ y de quienes abordan cómo nos afecta a los humanos. Un segundo plano es el de la ‘salud pública’ que en España está legalmente establecido en la Ley 33/2011, a saber: "La salud pública es el conjunto de actividades organizadas por las Administraciones públicas, con la participación de la sociedad, para prevenir la enfermedad así como para proteger, promover y recuperar la salud de las personas, tanto en el ámbito individual como en el colectivo y mediante acciones sanitarias, sectoriales y transversales". Éste es un ámbito ‘interdisciplinar’ donde cabe deducir que la prioridad viene dada por el conocimiento experto en materia de salud. Pero el concepto de salud y el grado de pericia (expertise) no es sólo patrimonio de quienes se dedican a la medicina. La citada ley en su artículo 48 lo dice así: "La salud pública tiene carácter multidisciplinar, y el personal profesional de la salud pública tiene el deber de seguir una formación continua a lo largo de la vida, que además deberá ser adecuada a su nivel de responsabilidad y competencia para garantizar un correcto ejercicio profesional". El campo queda sin cerrar, ¿hasta dónde llega lo multidisciplinar? Pues es evidente que hasta la cocina de la Moncloa y más allá; incluso hasta usted, que lee esta página, si es capaz de aportar a este asunto, complejo de suyo. Por eso, otro plano a considerar son los efectos colaterales que tienen que ver con lo socioeconómico, legal, moral y político al tratar la salud pública. Dicho de otro modo, no sólo de miedo a la enfermedad se alimenta la vida. Más bien al contrario. Si vivimos acogotados por el temor a morir, no vivimos.

Al ‘zoon politikon’ —el animal político, que somos— se nos somete más fácilmente usando el miedo y la incertidumbre que recordando que tenemos la ‘obligación’ de ser libres y pensar. Nadie en su sano juicio quiere enfermar, ni poner en peligro a los suyos. Pero ¿qué hacer en una situación como ésta? El problema radica en esa falta de claridad y de información suficiente. La respuesta adocenada es cumplir con lo que manden. Pero ¿es correcto obedecer las órdenes sin más? ¿Nos tendremos que poner escafandra y traje de buzo porque lo dice el gobierno? ¿Cabe preguntar si la norma dictada es adecuada? ¿Qué hacer cuando el experto, que dice hablar en nombre de ‘la ciencia’, cercena la capacidad crítica de la ciudadanía? ¿Cómo actuar cuando se imponen normas basadas en la incertidumbre? ¿Sentido común? Si se vive en un régimen opresor, a cumplir, pues si no vendrán las fuerzas represoras y castigarán. ¿O cabe alzar la voz y como mínimo preguntar? Pues pregunte(se). La tarea personal es pensar y obrar en conciencia.

La gestión de la salud pública es un asunto político y un reto ciudadano. Pero no más importante que defender la libertad y la crítica. Solucionar una enfermedad forma parte de un sistema de ideas preconcebidas y de unas condiciones de posibilidad. La construcción social de la enfermedad, el relato con el que se nos cuentan las cosas también nos ha de poner en alerta. El virus de la malaria lleva siglos diezmando a humanos de todas partes del planeta mucho más que el SARS-cov-2. Pero cómo se narra y se gestiona está muy lejos de esta pandemia. Nos venden la promesa de una solución. Prometen que llegará una vacuna, que tendremos controlada la enfermedad, ¿mientras tanto qué? Higiene, distancia, cuidado… Las mascarillas porque sí no resuelven el problema. Como escribía Esperanza Pamplona "si hay que llevar mascarilla, se lleva, pero con sentido común".

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