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Un matiz

OPINIÓNACTUALIZADA 02/07/2020 A LAS 02:00
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'Un matiz'
Krisis'20

La semana pasada fallé en la redacción de una frase. En concreto, decir: "Es insultante tener cerradas las bibliotecas de las facultades, ¡vacías!, y las terrazas, al cien por cien", no es correcto en sentido estricto. Y así me lo hizo saber en un amable correo electrónico el director de la Biblioteca Universitaria, Ramón Abad. En su mensaje decía que estaba de acuerdo con la mayor parte de lo escrito. Y compartía el análisis: "A diferencia de las órdenes ministeriales de Sanidad, el decreto del Gobierno de Aragón se ocupa hasta de circos con carpa pero no cita un servicio e infraestructura tan utilizada, significativa y ubicua en todo el territorio aragonés como las bibliotecas. Y, es cierto, todavía faltan algunas importantísimas (por ejemplo la red de bibliotecas municipales de Zaragoza) por abrir".

A partir de ese punto comenzaba su toque de atención. Las bibliotecas de la Universidad de Zaragoza no han estado ‘cerradas’. Es más, yo mismo he utilizado sus servicios y he tenido varias consultas y conversaciones –guardando la correspondiente distancia física, que no social– con los compañeros de la biblioteca de la facultad donde trabajo. Además, también recordaba Ramón en su mensaje que durante la cuarentena estuvieron ‘cerradas’ pero continuaron "dando servicios ‘online’, gracias a los recursos digitales y la atención a los usuarios a través de correo electrónico y teléfono, préstamo interbibliotecario, etc.". Para luego recalcar que «desde el día 18 de mayo abrimos al público para los servicios de préstamo y de consulta de libros, revistas u otros documentos". Él mismo se ofrecía a facilitarme "las cifras de los miles usuarios que han venido a usar las bibliotecas desde entonces; también la valoración muy positiva de los más de 1.000 alumnos de todas las titulaciones que han contestado nuestra encuesta de satisfacción ‘online’ realizada durante la época de confinamiento sobre los servicios de la Biblioteca". Por tanto, fallé en la redacción. Esto es lo que tiene escribir y opinar. No siempre se acierta.

De las 681 palabras del artículo, como poco había una equivocada: ‘cerradas’. Para enmendar el error la frase podría ser: "Es insultante tener las salas de lectura y estudio de las facultades vacías de estudiantes y las terrazas, al cien por cien". Ahí no hay ninguna crítica al personal de bibliotecas ni nada que se le parezca, como tampoco en la versión anterior. La constatación de este dato era un peldaño del conjunto. De hecho, una profesora, esa misma mañana en otro correo electrónico, me escribía: "El orden de prioridades que pones al descubierto muestra las carencias culturales e intelectuales de nuestra clase política y las consecuencias que éstas tienen en la vida de la gente". Ese es el asunto que queda patente en las instrucciones gubernamentales. Y es en esa llaga donde hay que poner el dedo, aunque no guste.

¿Tenemos que esperar a que las cosas cambien por sí solas? ¿Hemos de aletargarnos hasta que se evapore la pandemia? ¿Quedar callados, ‘enmascarillados’ y asustados? ¿Solo cabe aguantar, especialmente en nuestra universidad, a que los gobernantes se aclaren y nos dicten sus instrucciones? ¿Hemos de ‘cerrar’ hasta nueva orden? ¿Si las órdenes son esperar a las órdenes, qué haremos cuando nos ordenen barrer escaleras arriba? En estas circunstancias de incertidumbre y de desorientación se echan de menos otras formas de liderazgo. Nos falta un gobierno que sea capaz de crear alianzas y estímulos compartidos para inventar soluciones. Y una clave es no ahogar la educación, ni la cultura, ni la investigación, ni el estudio, ni la inteligencia… Pero no. Parece que nos prefieren en los bares, en las terrazas, entretenidos, para que los gobernantes hagan de su capa un sayo.

Es obvio que nadie en su sano juicio quiere enfermar ni contagiar a otras personas. Necesitamos cambiar de perspectiva. No se mejora gestionando desde el miedo a lo que no se controla, así no podemos seguir viviendo. La salud a toda costa es un precio que no merece la pena pagar. Al mismo tiempo, si la prudencia siempre es una virtud elogiable, la ‘prudencia escrupulosa’ o la ‘prudencia cobarde’ no tanto. Se necesita fortaleza, más templanza y justicia. Sobre todo pensando el espacio público como tarea de todos, no un monopolio del Estado.

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