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Opinión

la firma

Trotski en Zaragoza

ACTUALIZADA 29/06/2020 A LAS 02:00
Vista del templo del Pilar de Zaragoza (fue Basílica en 1948), con solo dos torres, desde el puente de Piedra en 1929. En la fotografía, se ve como las mujeres cruzaban el puente, cargadas con sus cestas, para ir a atender sus faenas. La barandilla metálica colocada en 1908 pervivió en el puente hasta 1991
Vista del templo del Pilar de Zaragoza desde el puente de Piedra en 1929.
Archivo Heraldo

León Trotski, expulsado de Francia por su propaganda pacifista, visitó nuestro

país en 1916, tomó notas de aquel viaje y escribió con ellas un libro apasionante, ‘Mis peripecias en España’, que se editó en 1929 por la editorial España. Aquella fue la primera edición europea del libro –exceptuada la rusa– y su traductor fue nada más y nada menos que Andreu Nin, el líder del POUM que acabaría siendo asesinado durante la guerra civil por los servicios secretos soviéticos dirigidos por Alexander Orlov. Nunca había visto aquella edición –a la que el propio Trotski le puso desde su destierro en Constantinopla un prólogo escrito para la ocasión en el mes de junio de aquel mismo 1929– y sin embargo el destino quiso que hace unos días ese libro acabara en mis manos. Pero no adelantemos acontecimientos.

Trotski entró en España por Irún y de ahí se dirigió a San Sebastián, donde "la indolencia domina por doquier" y en cuyas tiendas "se regatea sin fin". Luego visitó Madrid, que le deslumbró, aunque le pareció provinciana y sombría, porque todo "sigue absolutamente igual que en los tiempos de Dulcinea del Toboso y hasta de sus lejanos bisabuelos". Estuvo en el Museo del Prado, lo que le sirvió para recordar a Goya, "el último gran pintor de España", e intentó ir a los toros, pero la corrida (la última de la temporada) hubo de suspenderse por la lluvia. Y quiso conocer a Daniel Anguiano, uno de los máximos dirigentes por entonces del PSOE, pese a que éste estaba esos días en la cárcel "condenado por escarnio al dogma católico". En Madrid lo detuvo la policía y lo recluyó durante unos días en la Cárcel Modelo, en una celda de pago, de primera clase, que tuvo que pagarse el propio Trotski, pues había celdas de pago y celdas gratuitas; y dentro de las de pago, de dos categorías: las de primera clase, como la que él ocupaba, que costaban 1,50 pesetas por día, y las de segunda, por las que había que pagar 0,75 pesetas diarias. De Madrid fue enviado a Cádiz, que desprendía "un olor de aceite, vino, ajo y pobreza humana", y de Cádiz a Barcelona, desde donde debería embarcar para Nueva York el 25 de diciembre.

Regresó pues Trotski de Cádiz a Madrid, y en su camino a Barcelona pasó por Zaragoza. Esta estancia del líder revolucionario en nuestra ciudad la contó Andrés Ruiz Castillo en ‘La Voz de Aragón’, en un artículo publicado el 19 de febrero de 1930. A los viejos lectores de HERALDO no hay que explicarles quién era don Andrés, pero tal vez sí a los más jóvenes. Ruiz Castillo fue una figura irrepetible en el periodismo aragonés y dedicó toda su vida a este periódico, en el que trabajó hasta cumplidos los 80 años y del que llegó a ser su subdirector. Bilbilitano, Antonio Mompeón lo fichó de ‘La Voz de Aragón’ y se lo llevó al HERALDO. Cubrió como enviado especial los consejos de guerra de la sublevación de Jaca, entrevistó a Buñuel en 1930 tras el estreno en Zaragoza de ‘Un perro andaluz’, escribió una biografía de Fleta junto con Luis Torres en 1940 y varias obras de teatro que le estrenaron actores de la talla de Ismael Merlo, Mª Carmen Prendes o Mª Fernanda Ladrón de Guevara, y sufrió los rigores del franquismo, que le retiró durante algún tiempo el carné de periodista. En 1930, al año siguiente de publicarse el libro de Trotski, Ruiz Castillo ya dio noticia de él en la prensa, y con ese artículo, que me hizo llegar un buen amigo, andaba yo estos días. Trotski hablaba de Zaragoza como de "la ciudad de dos célebres sitios, durante la guerra contra Napoleón", recordaba a Palafox y aseguraba que "con las ciudades célebres suele pasar lo que con los hombres notables: se sufre un desencanto cuando se las ve de cerca". No le gustó pues Zaragoza y hasta le dieron "muy mal café en la estación". Menos mal que el Ebro sí le pareció un gran río, un río "muy interesante, mucho más que el Guadalquivir". Algo es algo. Según Ruiz Castillo, Trotski estuvo en nuestra ciudad dos días, siempre vigilado por la policía, y se entrevistó en el Café París con algunos de sus partidarios recomendados desde Madrid. El motivo de su estancia en Zaragoza fue reunirse con un camarada que había de proporcionarle recursos económicos para su viaje a Nueva York. Su contacto burló a la policía, le entregó el dinero y desapareció, y al día siguiente Trotski salió para Barcelona.

Como yo no había visto esa edición de ‘Mis peripecias en España’, sólo disponía de la información del artículo de Ruiz Castillo. En eso estaba, cuando la hija de don Andrés, buena amiga mía, quiso regalarme una caja de libros que pertenecieron a su padre. Los acepté agradecido y al abrir esa caja el primer libro que vi fue esa edición de 1929, firmada por don Andrés de su puño y letra en la página de respeto, el mismo ejemplar que el periodista había utilizado 90 años atrás para escribir aquel artículo. A partir de ahora, creeré en los milagros.

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