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Opinión

la rotonda

Fracasos democráticos

Por
  • José Tudela
ACTUALIZADA 27/06/2020 A LAS 02:00
Las negociaciones debieran respetar el resultado de las urnas.
'Fracasos democráticos'.
Raquel Labodía

Durante años, críticos del sistema político vigente en la mayoría de los Estados occidentales enarbolaron la bandera del fracaso de la democracia. Más bien, el fracaso de esta democracia. Sería una falsa democracia que, lejos de significar el poder del pueblo y para el pueblo, sería el poder de unas élites para unas élites. Un modelo desfasado, lejano a los verdaderos intereses de la gente, encapsulado en sí mismo y propenso a la corrupción. La crítica, con origen en uno y otro lado del espectro político, tuvo éxito. Los sistemas políticos tradicionales se transformaron con la irrupción de fuerzas políticas y líderes que responden a ese mensaje y se arrogan la solución a esos problemas con carácter casi mesiánico. No es cuestión ahora de analizar si existía razón o no en la denuncia. En todo caso, creo que la respuesta se puede sintetizar diciendo que algunos de los males que se denunciaban eran, al menos, parcialmente ciertos y que existían derivas del modelo político vigente que era preciso rectificar. Sin embargo, se erraba en la mayor. En su esencia, ese sistema seguía siendo el mayor logro político de la historia, la más lograda síntesis entre poder y libertad, entre libertad e igualdad. Se podía afirmar que, aun con defectos innegables, la democracia estaba lejos de haber fracasado.

Sin embargo, sí es posible denunciar determinadas y profundas decepciones asociadas a la democracia. El sistema político democrático es, simultáneamente, muchas cosas. No es la menos importante el ser un proceso de selección de la clase dirigente. En ningún caso pueden considerarse aceptables aquellas teorías que defienden que para ser electo, para ejercer cargos de responsabilidad política, deben exigirse determinadas aptitudes académicas. La cualificación de un político tiene sus propias reglas como las tiene cualquier hacer que se pueda imaginar. Y son incontables los ejemplos de grandes dirigentes que no tenían ninguna formación académica especial. ¿Significa eso que cualquiera puede ser presidente del gobierno? ¿Significa que cualquiera puede ser presidente de una comunidad autónoma o ministro? La respuesta es ambivalente. Sí y no. Sí, porque esa es parte de la definición de la democracia, en concreto la universalidad del sufragio pasivo y del acceso a responsabilidades públicas. No, porque, como ha demostrado sobradamente la crisis provocada por la pandemia, el ejercicio de las más altas magistraturas públicas exige de determinadas cualidades sin las cuales se aboca a las respectivas poblaciones a la tragedia. Ha dicho la recientemente galardonada Anne Carson que, al perderse la mesura y la autodisciplina, se ha perdido la civilización. Los fracasos más recientes de la democracia consisten en haber optado por líderes que alardean, precisamente, de carecer de mesura y prudencia, de autodisciplina y tolerancia. En última instancia, de esa educación mínima que exige la convivencia civilizada. Todos tenemos en la cabeza líderes que responden de forma canónica a este perfil. Su aparición no es un fenómeno novedoso en la historia. Por eso mismo, deberíamos estar más alerta y cuestionarnos por las razones que han provocado que los correspondientes procesos democráticos hayan acabado en su liderazgo.

No hay mayor responsabilidad ni más compleja que la política. La lógica alegría por ganar unas elecciones debe ir acompañada por el peso de la responsabilidad. Además, creo, nunca ha sido más difícil gobernar. Nunca el poder ha sido más débil y los problemas, más complejos. En estas circunstancias, se precisa de líderes que respondan a determinados cánones. Se precisa de líderes experimentados, con un bagaje personal y político que acredite su trayectoria. Pero, sobre todo, se necesitan auténticos líderes políticos. Líderes que entienden la política en su verdadera expresión. La definición del bien común incluso por encima de los legítimos deseos de poder. Líderes que puedan llegar a adoptar decisiones en contra del sentir mayoritario si la situación lo exige. Y, finalmente, pero no menos importante, se necesitan líderes civilizados. Mesurados, disciplinados, prudentes, tolerantes. ¿Cómo puede afrontar la democracia el reto de que sus líderes respondan a estos cánones? Nunca habrá, por más que se pueda hacer, una respuesta normativa. La respuesta está en los ciudadanos.

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