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Opinión

la rotonda

El caso del concejal despistado

ACTUALIZADA 22/06/2020 A LAS 02:00
ignacio magaña
Ignacio Magaña, concejal del Ayuntamiento de Zaragoza
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Hace unos días la Policía Local de Zaragoza sorprendió a un conductor circulando a 68 km por hora en una vía urbana cuando la limitación era 30. Solicitada la documentación, resultó que el coche no estaba debidamente asegurado. Identificado el sujeto, resultó ser un concejal de nuestro Ayuntamiento que infringía de forma ostensible y en actitud nada ejemplarizante varias normas de la legislación de tráfico.

A cualquier ciudadano le hubiera caído el pulpo, y es de suponer que el interfecto, cuya militancia o adscripción política no viene al caso, pues lo mismo da que me da lo mismo, habrá recibido la correspondiente sanción, retirada de puntos y multa económica, que no debería ser leve. Lo que ocurre en este caso es que, además, este individuo debería soportar una carga adicional, aunque no lo digan las leyes; pero por vergüenza torera, es acreedor a dimitir o a que lo priven de ejercer cualquier cargo público, dada su condición de cargo político con obligaciones más allá de las que se impone a los ciudadanos corrientes y molientes.

Su defensa es que la cosa se debió a un despiste, cuando todos tenemos que ser responsables de nuestros actos. Tener un coche implica no solo respetar y cumplir las leyes de tráfico (límites de velocidad) sino tener en condiciones las exigencias administrativas que lleva consigo la posesión de un vehículo: tener un seguro en toda regla, a lo que obliga la ley a todos los ciudadanos, concejales incluidos. Con lo sencillo que es renovar automáticamente una póliza de seguro si la tenemos domiciliada con intención de pagar… Y además, qué caramba, un despistado con sus cosas puede ser un peligro si se despista con las cosas de los demás. Y no está el horno para bollos.

Estamos siendo demasiado permisivos con estas conductas incívicas, dejando en la impunidad a estas personas que se saltan a la torera las normas creyéndose que son diosecillos que pueden campar a sus anchas por el mundo. Esta sociedad nuestra necesita castigar a quienes infringen las normas de convivencia y respeto a los demás, y no puede aceptar esas excusas de mal pagador para librarse de las irresponsabilidades cometidas.

Los mismos partidos políticos, que amparan a veces a sus conmilitones infractores echando pelillos a la mar, hacen un flaco favor a su propio prestigio y dan muy mal ejemplo a la ciudadanía tolerando y sacando la cara a sus miembros por ese prurito de salvaguardar un honor inexistente. Sacar a tiempo los colores y dejar en el exilio político a quienes se creen que todo el monte es orégano sería una de las lecciones que deberían impartir los partidos en sus organizaciones. Ello contribuiría a afianzar la democracia, a ganarse el respeto de los ciudadanos y a demostrar que el que la hace la paga.

Lo demás, con todos mis respetos, no son más que cuentos chinos y chulería partidista. Pido que este señor se vaya del Ayuntamiento, porque no me representa, y que lo sustituya el siguiente de la lista. Que esperamos sea más prudente y cumplidor.

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