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Opinión

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Yo vivo en una residencia

Por
  • Ana María Cortés Navarro
ACTUALIZADA 18/06/2020 A LAS 14:56
Ana María Cortés
Ana María Cortés
Oliver Duch

Me ha costado mucho escribir este artículo porque, inevitablemente, reflejará algunos detalles personales que carecen de interés público. A pesar de ello, quiero poner mi pequeña aportación en defensa de las residencias, que están siendo atacadas de forma injusta y casi despiadada, según mi criterio.

Es cierto que la covid-19 ha mostrado escenas tristes, dolorosas y preocupantes en las residencias, pero no todo ello tiene como base el funcionamiento de las mismas y la responsabilidad de quienes las dirigen. Las residencias han sido, como tantos otros escenarios, víctimas del asombro de una pandemia inesperada y en la que la falta de recursos suficientes para responder adecuadamente ha hecho que se multiplique su eficacia. Y por otra parte, es indiscutible que, por las características vitales de sus habitantes, las residencias han sido objeto fácil para la covid-19.

"La buena voluntad de quienes afirman que los padres deben vivir hasta el final con sus hijos es simplemente una utopía"

Mi experiencia durante el estado de alarma y el confinamiento, vivido con el estupor que supone el cuarteamiento de la libertad individual, ha sido una lección de vida. Ha sido un momento enriquecedor de nuestra existencia conseguido entre quienes padecían las limitaciones no residiendo en ellas. Han sido un ejemplo de solidaridad y entrega. Y en ese conjunto de personas está integrada la dirección de mi residencia , las Hermanas Angélicas, unas mujeres que han renunciado a su vida personal no para atender a su madre o a su padre, sino a decenas de 'mayores' a los que solo les une una vocación que tiene su origen más arriba de los tejados de sus viviendas. Y junto a ellas, todas las personas que integran el desarrollo cotidiano de la casa han sido un ejemplo de fidelidad, entrega y competencia. Para todas solo hay una palabra: ¡gracias!

Hace años que formo parte de la Fundación Federico Ozanam, cuyo trabajo a favor de las personas incluye ocho residencias para mayores, de las que tengo constancia fidedigna de que en ellas se ha dado la misma realidad que acabo de comentar. Me parece espléndido que las residencias sean objeto, a partir de ahora, de especial atención por parte de las autoridades, porque es evidente que las residencias han venido para quedarse. Y no hay que ser profeta para afirmarlo. La buena voluntad de quienes afirman que los padres deben vivir hasta el final con sus hijos es simplemente una utopía. Basta con ver el mundo en que vivimos: los hijos sueñan tempranamente con la emancipación, que en muchos casos los lleva a grandes lejanías de sus padres; y los padres ya no son aquellos padres que deseaban abundante prole para que alguno fuera su asistente, bien individual o en colectividad por el sistema de reparto, por el que pasaban periódicamente de casa en casa. Sin olvidar, además, el trabajo de la mujer, una de las grandes conquistas del siglo XX, que por cierto ha dado lugar al nacimiento de otra institución que también se quedará: las guarderías.

Acabo reclamando gratitud para las residencias y con el deseo de que, corrigiendo lo que fuera necesario, mantengan para ellas el respeto que merecen. ¡Ah!, y un último detalle sin importancia: el próximo julio, Dios mediante, cumplo noventa años y vivo en una residencia.

Ana María Cortés Navarro fue consejera de Sanidad, Bienestar Social y Trabajo del Gobierno de Aragón entre 1987 y 1991

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