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Opinión

el reflejo

Reválidas y suspensos

Por
  • José Badal Nicolás
ACTUALIZADA 15/06/2020 A LAS 02:00
Siete tipos de estudiantes que puedes encontrar en la biblioteca
'Reválidas y suspensos'.
Laura Uranga

Han reparado en la opinión de algunos pedagogos y padres progres partidarios de que al niño o al jovencito no hay que castigarle por su mala conducta, sino razonar con él, hacerle ver lo que está mal y a lo sumo afearle su mal comportamiento? Hay quienes aducen que el jovencito todavía está creciendo y que carece de mala intención. Suelen ser los mismos que protestan por las tareas extraescolares que los colegiales tienen que realizar, o los que dicen ser amigos de sus hijos (cosa que no se creen ni ellos). Cuando yo era pequeño, si me quejaba por los deberes, mi madre me decía: es por tu bien, para que aprendas y sepas que tienes que esforzarte. Entonces se valoraba el esfuerzo personal y el tesón. Ahora, el castigo por mala conducta o comportamiento indebido, y aquí incluyo el desinterés por los estudios y la indolencia, es casi inexistente. Y por si fuese poco no faltan progenitores y educadores que rechazan los exámenes, y no digamos ya las reválidas y los suspensos. ¡Qué les voy a decir: el país de las maravillas!

Fluye una corriente de opinión partidaria solo de la evaluación continua para valorar los conocimientos adquiridos y el nivel de aprendizaje del alumno. La tremenda realidad es que con varios cates se puede obtener el título de la ESO, el Bachillerato o FP. Que con un aprobadito raspado se puede acceder a una beca, destruyendo así el equilibrio entre rendimiento académico y necesidad económica. ¡Qué disparate! Antes había que repetir curso por lerdo o vago. Ahora se admiten los tontos titulados, que proliferan en todos los ámbitos, y dentro de poco ni siquiera habrá suspensos. Y todo esto en un preocupante escenario del 17,3% de abandono escolar en 2019, sin contar los analfabetos funcionales, que son legión. ¡Qué aversión a los exámenes! Las personas de mi generación recordarán las sucesivas pruebas eliminatorias que tuvimos que afrontar en nuestros tiempos de estudiantes: ingreso en Bachillerato, reválida de 4º curso para obtener el título de Bachiller Elemental (a partir de aquí había que optar por ciencias o letras, sin concesiones), reválida de 6º curso para obtener el título de Bachiller Superior, examen de curso preuniversitario para acceder a estudios superiores, curso selectivo en primer año de licenciatura (había que aprobar todas las asignaturas para poder matricularse en segundo curso, ¡casi nada!), nuevo curso selectivo en tercer año de carrera (entonces se exigía solo en Ciencias Físicas para acceder al curso siguiente) y examen final de licenciatura al término de los cinco años de carrera. ¿Les parecen muchas reválidas? Pues, en algunos casos, añadan doctorado, concursos de méritos, oposiciones y acceso a cátedra. No sé de nadie de mi generación que haya terminado traumatizado ante esta carrera de obstáculos.

Me cuesta vislumbrar la razón de ese empeño, que algunos defienden sin el menor sonrojo, en infravalorar el esfuerzo y la constancia para adquirir una mejor formación cultural, científica y técnica, y lograr una adecuada preparación para afrontar los retos profesionales con los que uno va a toparse más pronto que tarde en un mundo cada vez más competitivo. Escuchando y leyendo a algunos educadores, la impresión que uno saca es que al jovencito y al adolecente no hay que agobiarles con una excesiva carga de saberes y deberes, ni exigirles ningún esfuerzo memorístico, ni invadir su tiempo de ocio; si acaso, enseñarles a pensar (¡qué guay!). No hay que provocarles ningún trauma, nada que los desmotive, ni que suscite en ellos una insoportable angustia, o que los haga renunciar tempranamente a los objetivos establecidos. Tiempo tendrán para desafíos futuros y para enfrentarse a la vida, dicen algunos padres y maestros. A esas edades lo que tienen que hacer es divertirse e ir formando su personalidad (¡sí, es bonito esto!). Ni una palabra sobre obligaciones.

Pues creo que quienes así opinan confunden y engañan a sus vástagos o alumnos al no exigirles contrapartidas. El mundo real, el del trabajo, no es así de feliz. Los niños y jóvenes de hoy se van a zambullir en un mundo realmente competitivo y con frecuencia injusto. Rechazada la época de ‘la letra con sangre entra’, los días del palmetazo, el cachete, el pescozón o la bofetada, la opción no es situarse en el extremo opuesto, el del buenismo, sino la de procurar una buena educación de los hijos que les habilite para luego superar con solvencia contratiempos, decepciones y fracasos, y que les capacite para el éxito en su futura vida profesional. Pero explicándoles a la vez, paulatinamente, a tenor de su edad, utilizando el lenguaje adecuado, sin ambages, los compromisos que adquieren y las metas que deben alcanzar. La advertencia seria, el castigo merecido y a tiempo, inculcar una rutina de trabajo y la perseverancia en el estudio, no son cosas reñidas con el cariño, la comprensión y la tolerancia.

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