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A lomos de la incoherencia

OPINIÓNACTUALIZADA 07/06/2020 A LAS 02:00
CALLES PEATONALIZADAS ( ZARAGOZA ) / DESESCALADA / 09/05/2020 / FOTO : OLIVER DUCH [[[FOTOGRAFOS]]] [[[HA ARCHIVO]]]
Con la desescalada, la distancia de seguridad no siempre se puede respetar.
Oliver Duch

Ahora que entramos en la fase 3, que ejerce como un placebo de la enorme lucha que ha librado la sociedad contra un elemento invisible, emerge la catarata de incoherencias en los tres meses de la infamia. Nos sepultamos en preguntas sin respuestas, que aún nos formulamos porque nos resistimos a creer lo que nos ha pasado. Nos frotamos los ojos y, en verdad, seguimos viendo al personal con la mascarilla sobre el rostro, en una estampa inédita y, tal vez, irrepetible. Digan lo que digan los informes de la Guardia Civil, las argumentaciones del Gobierno y la sentencia de la jueza, se celebró una manifestación de forma temeraria, al mismo tiempo que las ciudades se seguían moviendo con similar riesgo con los servicios de transporte atestados en esos mismos días. El padre, la madre, el niño y el abuelo quedaron confinados, pero no los perros, que paseaban de aquí para allá para alivio de sus dueños, que disfrutaron durante semanas de un privilegio que pocos cuestionaron. Y luego llegó la denominada desescalada, que consistió en intentar trasladar la lógica al Boletín Oficial del Estado, un ejercicio imposible, casi grotesco. Los autónomos no sabían si estaban habilitados para trabajar, los niños ignoraban si podían jugar con la pelota, no se conocía muy bien si el parque iba a estar cerrado o abierto, la esencialidad de una actividad se convirtió en una moneda al aire. Hasta que un día, el Gobierno decidió que se podía salir. Así, sin más. Entonces pasamos de las ciudades fantasma a las ciudades Benidorm en 24 horas. El miedo pareció evaporarse en la calle a ritmo de brindis, de terrazas, de nueva normalidad, mientras la maldita curva bajaba antes en el deseo que en la realidad. Y, ahora, la torpeza se apodera del fútbol, la última actividad que regresa, veremos cómo. La Gran Vía de Zaragoza es una autopista humana los fines de semana, donde los dos metros de distancia menguan a los dos centímetros, pero el Real Zaragoza no puede sentar a 10.000 aficionados de forma ordenada y sin riesgos añadidos en La Romareda. El monumento a la incoherencia solo es el epítome de tres meses de pesadilla. Imposibles.

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