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"Debemos hacerlo mejor"

OPINIÓNACTUALIZADA 06/06/2020 A LAS 02:00
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'Debemos hacerlo mejor'
KRISIS'20

La hiperglobalización de las últimas décadas se acaba. Aún más, el capitalismo liberal está en quiebra. Es la tesis de numerosos analistas, como John Gray. El prestigioso politólogo británico considera que, a pesar de su discurso sobre la libertad, en la práctica era un experimento de disolución de las fuentes tradicionales de cohesión social (y legitimidad política) con ánimo de sustituirlas por la promesa de un aumento del nivel material de vida. Este experimento ha llegado a su fin porque la promesa del progreso constante ya es insostenible. Los límites del crecimiento se aceleran por la digitalización-robotización, el cambio climático y, ahora, por la presión del corononavirus (para acabar con la covid-19 se ha forzado un cierre que dará paso a un frenazo de la economía global por parte de los gobiernos). La consecuencia es que las clases medias, que son las que han sostenido los sistemas democráticos con la promesa del ascensor social, dudan hoy de que sus hijos vayan a vivir mejor que ellos. Por eso empiezan a cuestionar el capitalismo liberal y a votar a partidos extremistas. A cambio, los populismos rentabilizan este descontento y alimentan la falsa brecha entre un supuesto ‘cosmopolitismo’ de las élites y el nacionalismo de los pueblos.

Al auge voraz de los populismos (Trump, Orbán…) y ultranacionalismos (Putin, Torra…) le responde un movimiento de defensa del liberalismo tanto desde el orbe político (Merkel, Macron, Trudeau…) como del académico (Vargas Llosa, Fukuyama…). Pero este contraataque liberal ya no puede fundamentarse en promesas económicas. El argumento debe ser moral, y aquí es donde entra en juego la filosofía de Martha Nussbaum. La premio Princesa de Asturias ha puesto esta semana en las librerías ‘La tradición cosmopolita’, un ensayo en el que reivindica el definirnos por lo que nos hace iguales (nuestra común humanidad) y no según dónde hemos nacido o dónde estudiamos en una escuela de élite.

El arranque del libro es el auténtico arco de bóveda de su tesis: "Una vez preguntaron a Diógenes el Cínico de dónde venía y él respondió con una sola palabra: ‘kosmopolitês’, ‘ciudadano del mundo’. Podría decirse que aquel momento, ficticio o no, fue el acto fundacional de la larga tradición del pensamiento político cosmopolita en la herencia occidental". Diógenes era griego, pero se negaba a definirse según su linaje, su estirpe, su ciudad, su clase social o su condición de hombre libre. Y al referirse a sí mismo como ciudadano, subraya Nussbaum, Diógenes abrió la posibilidad de "una aproximación moral a la política centrada en la humanidad que compartimos más que en las marcas del origen local, el estatus, la clase y el género que nos dividen".

El coronavirus es la evidencia de que todos viajamos en la misma nave. Un virus surge en una ciudad china y en unas pocas semanas llega a todos los rincones del planeta. Realmente el principio del cosmopolitismo es la infección porque demuestra hasta qué punto todos los seres humanos somos semejantes y nos matan las mismas cosas. Se trata, pues, de una cuestión global que no puede abordarse con eficacia recurriendo a recetas locales y que precisa de una cooperación universal. Sin embargo, los populistas (desde Trump a Bolsonaro) rechazan el cosmopolitismo y llaman a dar respuestas particulares.

Martha Nussbaum se apoya en Cicerón, Hugo Grocio y Adam Smith para reivindicar la tradición política que trata a las personas como seres iguales entre sí. Mucho antes que los populistas de izquierda, los liberales cosmopolitas acuñaron la igual dignidad de todos los seres humanos. Por eso, pensadores como John Rawls, Amartya Sen y la propia Nussbaum pregonan que la justicia requiere ayuda material. Para que las personas desarrollen sus capacidades humanas se precisan niveles básicos de igualdad en el acceso a la nutrición, la salud y la educación. La igualdad, entonces, no es enemiga de la libertad, sino su aliada. En cuanto a los populistas de derecha, ellos acaparan el patriotismo rechazando a los extranjeros. Pero, como señala Nussbaum, no hay conflicto entre el amor a la humanidad y el amor a la patria. Por el contrario, el amor a las instituciones democráticas de la patria es clave para mantenerlas estables y capaces de garantizar la igualdad de derechos y de dignidad para todos. De este modo, el liberalismo cosmopolita resurge como un poderoso antídoto a las retóricas populistas.

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