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Opinión

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Libertad sin ira

ACTUALIZADA 23/05/2020 A LAS 02:00
La quema de banderas es un signo de la peligrosa polarización social.
La quema de banderas es un signo de la peligrosa polarización social.
Krisis'20

Para Javier Cercas, el momento crucial de la transición española fue el golpe del 23 de febrero de 1981. Por eso, su magnífico libro ‘Anatomía de un instante’ gira en torno a una foto fija, la que muestra el Congreso de los Diputados tras ser asaltado por el teniente coronel Tejero. Otro gran momento de la recuperación de la democracia en España fue cuando siete días después de su legalización, el Partido Comunista tomó la decisión de mostrar la bandera española bicolor junto a la del PC en todos sus actos. En una rueda de prensa, el 17 de abril de 1977, Santiago Carrillo lo explicó ante una bandera rojigualda: "En lo sucesivo la bandera con los colores oficiales del Estado figurará al lado de la bandera del Partido Comunista. Siendo una parte de ese Estado, la bandera de este no puede ser monopolio de ninguna fracción política, y no podíamos abandonarla a los que quieren impedir el paso pacífico a la democracia".

Carrillo hablaba de la bandera de todos, pero es un hecho que, a diferencia de lo que ha ocurrido en muchos otros países, España no ha logrado convertirla en un símbolo inclusivo. Por el contrario, las ‘guerras de banderas’ en Cataluña y el País Vasco han sido otra constante desde la transición. Pero el fenómeno de la crispación en torno a las banderas se está globalizando a la par que la polarización de la política. De hecho, es lo que subyace en la aprobación por parte del Parlamento alemán de una ley para penar con cárcel la quema de cualquier bandera nacional y los desprecios al himno de la UE. «La quema de banderas en público no tiene nada que ver con las protestas o las críticas», ha defendido la ministra de Justicia, la socialdemócrata Christine Lambrecht, que considera que "el objetivo de ese tipo de actos no es otro que incitar al odio, la ira y la agresión". 

Más allá de la clásica disyuntiva entre la libertad de expresión y la persecución de los delitos de odio, la decisión del Bundestag pone el dedo en una nueva llaga de las democracias occidentales, la polarización social. El analista estadounidense Robert B. Talisse explica que el actual conflicto entre partidarios de distintas opciones políticas o ideológicas no se debe a un desacuerdo en los temas sino al simple rechazo emocional y sectario. El problema está en la gente que considera las afiliaciones políticas como identidades de grupo, y sus partidos políticos como equipos enfrentados en un partido a muerte en el que el ganador se lo lleva todo. Y lo peor, a su juicio, es comprobar hasta qué punto simpatizantes y dirigentes de una afiliación se retroalimentan en su odio a los contrarios: "Cuando los ciudadanos detestan a aquellos con tendencias opuestas, los partidos se ven obligados a exagerar sus diferencias, a enfatizar la pureza ideológica y vilipendiar a la oposición". De este modo, la esfera pública queda reducida a lo que Habermas ha denominado "espectáculos de aclamación". Y en los escenarios políticos en los que el adversario se convierte en enemigo, la mecha de la violencia puede encenderse en cualquier momento, aunque sea de forma accidental. Por eso el límite de la libertad de expresión es claramente el discurso del odio, un concepto en el que el Consejo de Europa incluye el lenguaje del nacionalismo agresivo y etnocentrista. 

Los discursos de odio son un fenómeno global, que va más allá de Alemania. A las élites y a los partidos políticos, cada vez más cuestionados por la ciudadanía, les cuesta reaccionar contra ellos o directamente los hacen suyos para ganar influencia social. Así se viene observando en el auge actual de los populismos extremistas, que igual lanzan discursos racistas que queman banderas. 

El huevo de la serpiente esta ahí, en los sótanos de la sociedad libre. Siempre ha sido así. Por eso, pensadores como Orwell, Brecht, Benjamin o Adorno dejaron dicho que ciertas actitudes criminales han de ser combatidas en su génesis, porque ignorarlas es suicida para los demócratas. Si algo enseña la historia de Europa es que al final del camino del odio siempre aparece la violencia.

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