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Opinión

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Abstinencia de conciertos

ACTUALIZADA 23/05/2020 A LAS 02:00
CUTI VERICAD ( MUSICO , CANTANTE Y COMPOSITOR ) / 14/01/2020 / FOTO : OLIVER DUCH [[[FOTOGRAFOS]]] [[[HA ARCHIVO]]]
Cuti Vericad posa en el camerino de Las Armas.
Oliver Duch

En 1994 se inauguró en Zaragoza un magnífico auditorio que relegaba la música popular a un hangar multiusos, ignorando que dicha música, por más que mantuviera el favor de las masas y cierta esencia juvenil, hacía tiempo que era un fenómeno cultural sofisticado, con un público plural y de casi todas las edades. No en vano, la música popular ya estaba presente en las más refinadas salas de conciertos del mundo, tal y como acabó sucediendo también en Zaragoza.

Si en 1994 la juventud roquera y desinhibida de los años sesenta vislumbraba la jubilación, hoy está en esa tesitura su inmediata descendencia. Así que cada vez hay más gente talluda y anciana en los conciertos de rock, blues, jazz, o rap. A medida que caen los años, esta afición se disfruta con menos energía, en la localidad con asiento que antes se evitaba, pero de un modo más reflexivo y sentimental. Frente a un escenario, antes, durante y después de una actuación, la antigualla evoca otros conciertos y a las personas con quienes los compartió.

Por eso, en esta época de cancelaciones me refugio en conciertos que disfruté y en algunos que imaginé. Sobre todo, me valgo de los más recientes, reviviendo al legendario Iñaki Fernández y sus Green Apples, en La Bóveda del Albergue, a Cuti Vericad, en Las Armas, y a Connie Corleone y Ernesto Cossío, en El Corazón Verde. Hasta que vuelva la música en vivo a los garitos insonorizados, a los pabellones o a la Sala Mozart, pasaré mi abstinencia entre fantasmas y con sucedáneos como ‘El último vals’, la película de Martin Scorsese. No tengo edad para experiencias ‘online’.

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