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Tele-autoexplotación

OPINIÓNACTUALIZADA 16/05/2020 A LAS 02:00
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'Tele-autoexplotación'
KRISIS'20

A principios de este año, casi todos los españoles sabíamos de la existencia del buscador de Google, de Gmail (Google) y Whatsapp (Facebook) porque eran de uso frecuente. Cinco meses más tarde, nos hemos convertido en usuarios casi constantes de estas y de otras muchas herramientas informáticas de cuya existencia ni habíamos oído hablar. Llevamos nueve semanas con una severa dieta digital: desayunamos con las app de los periódicos, consultamos después el Drive (Google) del colegio para ver las actividades educativas de nuestros hijos, hacemos gimnasia siguiendo tutoriales de Youtube (Google), unimos a los chicos a las clases virtuales en Classroom (Google), llamamos a los abuelos con Hangouts (Google) o Facetime (Apple), bailamos con Tik Tok, escuchamos música con Spotify, contactamos con los amigos con Meet (Google) y con Skype (Microsoft), teletrabajamos con Team (Microsoft) y Zoom, compramos en Amazon, vemos los dibujos animados en Netflix y Movistar; seguimos las andanzas de los amigos en Facebook e Instagram (Facebook), y, al final del día, nos relajamos con series y películas de HBO y Filmin.

Es un hecho que el coronavirus ha multiplicado exponencialmente la dependencia de los dispositivos. Sirva un dato para demostrarlo: el uso de Zoom aumentó más de un 4.000% entre el 9 de marzo y el 13 de abril. En apenas sesenta días hemos ejecutado la transición digital prevista para los próximos diez años. El tiempo dirá qué consecuencias tendrá este precipitado adoctrinamiento tecnológico, pero una es segura: el asentamiento del teletrabajo. De forma totalmente inesperada, se ha mostrado como factible a gran escala. Muchas empresas lo han ensayado y han comprobado su viabilidad y sus ventajas. Grandes compañías ya prevén extenderlo.

La generalización del teletrabajo ya venía siendo anunciada por los ‘líderes de pensamiento’ (Daniel Drezner: ‘The Ideas Industry’) que han abrazado el tecno-optimismo y expanden el ideario de la plutocracia nacida en torno a la revolución digital. Estos gurús auguran que los ciudadanos vamos a ser más libres y soberanos que nunca antes gracias a las nuevas tecnologías. De ahí sus constantes llamadas a la autorrealización, a la iniciativa individual, al autoempleo, a la flexibilidad horaria… Y es esto lo que iba alimentando la economía digital asociada a jóvenes emprendedores y a plataformas (Uber, Cabify, Airbnb, Glovo…) que se basan en una legión de trabajadores invisibles, tan ocasionales como autónomos, con total disponibilidad de tiempo, pero sin un puesto fijo, libres pero precarios.

El filósofo Byung-Chul Han ya había explicado también que este modelo de empleo por cuenta propia es el más eficaz sistema de explotación, porque el hombre se convierte así en empresario de sí mismo, se autoexplota. Y es mucho más eficiente porque va unido al sentimiento de libertad (de ahí el célebre eslogan: "Si eres tu propio jefe tienes flexibilidad para trabajar cuando quieras y organizar mejor tu vida").

La fase anterior al autoempleo es el teletrabajo. Y la crisis del coronavirus ha sido la eventualidad necesaria para entrar en contacto con esta modalidad de trabajo que, como todo, tiene sus pros y sus contras. Entre sus beneficios, ahorra tiempo en los desplazamientos y limita la contaminación urbana, proporciona soberanía a los trabajadores sobre la organización de su tiempo y genera ahorros de costes para las empresas. En el lado oscuro, el teletrabajo ahonda la brecha digital y la autoexplotación. Según un análisis de Nord VPN (recogido en ‘Forbes’) a partir de los datos de uso de internet, los españoles trabajan dos horas más al día con el teletrabajo que cuando acudían a la oficina. Lo que empuja al trabajador a no desconectar es el miedo a perder el empleo, la cultura de la presencialidad y la necesidad de mostrar el compromiso. Así, la adicción al trabajo no debería entenderse como un síndrome, sino como un síntoma más de una precariedad laboral disciplinante.

La implantación del teletrabajo abre el debate sobre su papel en la estructura de las relaciones laborales del siglo XXI, que, como en todos los estadios del capitalismo, se basan en un complejo conflicto de intereses cruzados. Y todo ello a la sombra del oligopolio de unos pocos gigantes estadounidenses (Google, Facebook, Microsoft, Apple y Amazon) y chinos (Alibaba, Tencent, Huawei o Xiaomi). 

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