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Guerra de propaganda

OPINIÓNACTUALIZADA 02/05/2020 A LAS 02:00
Dos personas con mascarillas este sábado en Wuhan.
Dos personas con mascarillas este sábado en Wuhan.
ALY SONG/Reuters

Décadas antes de que Colón llegara a las costas de América, el territorio que hoy es China era un imperio tan rico y poderoso que envió una flota a explorar el océano Índico. Con barcos mucho más grandes que las carabelas españolas, el almirante Zheng He realizó siete expediciones entre 1405 y 1433. Trescientos años antes, la ciudad de Kaifeng se convirtió en la urbe más poblada del mundo gracias al comercio y la industria. Por esa época, las imprentas locales producían millones de libros lo suficientemente baratos como para que aún las personas con recursos modestos los leyeran. Los chinos se autodenominan por entonces Zhongguo, el Imperio del Centro, porque consideraban que ellos estaban en el medio de la Tierra y todos les debían pleitesía.

A diferencia de lo que ha ocurrido en Occidente desde hace 250 años con el impulso constante de la Ilustración, la prosperidad no tuvo continuidad en China en el siglo XV. Malos gobernantes y guerras frenaron el desarrollo de buena parte de Asia. Los emperadores chinos, preocupados porque los mercaderes amenazaban su poder, prohibieron los viajes oceánicos en 1433, de suerte que las exploraciones del almirante Zheng He no fueron el comienzo de una gran etapa, como lo fueron la singladura de las tres carabelas de Colón para los reinos de Castilla y Aragón.

Tras varios siglos de estar aislada en la periferia de los asuntos mundiales, China ha vuelto al centro en las últimas décadas. En los 42 años que han transcurrido desde que Deng Xiaoping sustituyó al fallecido Mao Zedong al frente del Partido Comunista, el antiguo Imperio del Centro ha vivido una etapa de hiperdesarrollo que le ha llevado a ser hoy la segunda economía global y la ‘fábrica del mundo’. El ‘Pequeño Timonel’ mantuvo la férrea disciplina política de la dictadura, pero lanzó al país más poblado de la Tierra a un capitalismo salvaje. La apertura de Deng no solo quebró la autarquía defendida por Mao, sino que puso punto final al aislamiento milenario.

La China de las últimas cuatro décadas ha tenido que adaptarse al orbe occidental para crecer y conseguir su poderío actual. Pero ahora ya no pretende encajar en el mundo construido por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, sino transformarlo para situarse en la cúspide de la economía global y ser una superpotencia tecnológica sin quedar estancada en la llamada ‘trampa de los ingresos medios’. Como ya aventuró Henry Kissinger en su libro ‘China’, es poco probable que «un país que durante la mayor parte de su periodo moderno –que comenzó hace dos mil años– se consideró a sí mismo la cúspide de la civilización, acepte un rol secundario en la jerarquía internacional».

Los herederos del Imperio del Centro repiten desde hace años que no aspiran a subvertir o apoderarse del orden internacional, sino de complementarlo. Sin embargo, su idea de la ‘armonía mundial’ genera mucha desconfianza en Occidente. China no es un país democrático ni lo va a ser pronto, pero su papel en la economía global es ya crucial. Y la covid-19 aún amplía más su protagonismo. Pekín ha desplegado todo su arsenal propagandístico para no pasar a la historia como el país donde apareció el virus y que silenció a los médicos de Wuhan que dieron la voz de alarma, sino como el régimen eficaz que con logró atajar la epidemia y envió ayuda a más de 120 naciones. Pero cada día tiene más dificultades para imponer su narrativa de la crisis en la esfera internacional porque en Occidente se impone la teoría de que el sistema autoritario no es una solución a la crisis, sino que fue su causa.

¿Saldrá el antiguo Imperio del Centro reforzado de esta crisis? ¿O acabará más aislado? ¿Incrementará su capacidad de atracción, su ‘soft power’ o poder blando, que no se ejercita de manera coercitiva? ¿Aprovechará el vacío que está dejando Trump para ocupar el papel de EE. UU.? Hay muchos interrogantes en el aire. Pero la certeza es que China, que hoy tiene la economía en funcionamiento más poderosa del mundo, es el proveedor dominante de material sanitario y medicamentos.

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