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Opinión

la rotonda

Repensar las residencias

Por
  • Juan Manuel Iranzo
ACTUALIZADA 30/04/2020 A LAS 02:00
España está muy por encima de algunos países europeos en la utilización de sujeciones
'Repensar las residencias'.
Heraldo

Como persona con grado de dependencia III que ocupa plaza concertada en una residencia especializada me preocupa tremendamente la incidencia del coronavirus en este tipo de viviendas colectivas. La misma consejera de Ciudadanía y Servicios Sociales de la DGA, María Victoria Broto, ha expresado la necesidad de "reflexionar a nivel social" sobre este problema. Las estadísticas son los ojos de la Administración, así que cabe esperar que en algún momento tengamos datos fidedignos de lo ocurrido. Con todo, es improbable que varíe un orden de magnitud sobrecogedor: un 75% de los fallecidos procedían de residencias. Eso implica, ‘grosso modo’, una probabilidad de muerte por la pandemia entre 25 y 30 veces más alta si un mayor ocupa plaza de residencia que si vive en su casa, 45-50 veces más que la de la población general. ¿Cómo puede ser si los contagios solo han sido diez o doce veces más que en la población en su conjunto? Porque hablamos de la población más vulnerable, por su edad o sus patologías previas, y de los espacios de mayor riesgo epidemiológico.

Y no puede ser de otro modo, dado su modelo de negocio ‘fordista intensivo’: trabajo en cadena y severo control de tiempos. Si una auxiliar asea, viste, levanta, acompaña, da las comidas, vuelve a acostar a ocho, diez o quince residentes, y hace sus camas, ordena su cuarto, reparte ropa de lavandería y material de higiene y realiza las demás tareas, el menor fallo puede causar un desastre. Los responsables públicos y privados de los centros hacen cuanto está en su mano para prevenir y controlar los brotes, justamente porque una vez ocurrido el contagio gran parte del daño ya está hecho. Yo veo a las auxiliares que me cuidan, dos guantes superpuestos y mascarillas caseras, insistiendo en que mantengamos la distancia entre nosotros, y sé que son igual de escrupulosas en sus desplazamientos y en el confinamiento en sus casas, porque todas conocen a alguien en algún centro afectado y saben que cada vez que un familiar o una empleada ha llevado accidentalmente allí el contagio, el lugar se ha convertido en foco de expansión. De ahí la dramática diferencia entre centros afectados e indemnes, como el mío. Al intentar comprender intuitivamente sus causas tendemos a suponer una especial precaución de los últimos, o su suerte, y es probable que, para evitar culpar a nadie y sentirnos mejor, la explicación oficial final sea así de asimétrica: los que eviten el contagio lo habrán hecho muy bien y los otros casi igual de bien, pero habrán tenido mala suerte. Al cabo, diremos, los centros son todos muy parecidos: todos cumplían la normativa y han seguido las instrucciones.

Pero ese tipo de afirmaciones autocomplacientes lleva a no cambiar nada y mantener la vulnerabilidad estructural de las residencias. Sin duda se reforzarán sus requisitos sanitarios y de higiene, pero, aun así, mientras no exista una vacuna, serán lugares de alto riesgo. Acaso se reforme la ley que incluye en la ratio personal/usuarios al personal de otros servicios (cocina, lavandería, administración…) junto al de primera línea (auxiliares y supervisoras) e impide conocer la calidad asistencial real de un centro: con la misma ratio, el que externaliza esos servicios tiende a ser más caro (por el beneficio del proveedor) pero también ofrecería mejor servicio, con más personal de atención directa, mientras el que los tiene en nómina resulta más lucrativo, ya para sus propietarios, ya para los entes sin ánimo de lucro que dedican su margen de operación a expandir sus actividades.

En fin, cabe prever que suban sus costes y quizá veamos un interesante debate entre quienes posiblemente demanden más subvenciones y quienes quieran aprovechar la ocasión para optimizar la razón entre beneficio social y coste económico del servicio. Convendría realizar una investigación o auditoría independiente de carácter sanitario, así como económico, social, laboral y organizativo, y comparar la efectividad de las residencias con la de las redes de apoyo a domicilio en pueblos y barrios, los apartamentos asistidos, las iniciativas de ‘cohousing’… ¿La expresión castrense ‘no dejar a nadie atrás’ tiene algún sentido aquí? Optimizar el bienestar con seguridad de los más vulnerables.

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