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Opinión

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Tres grandes crisis

ACTUALIZADA 26/04/2020 A LAS 02:00
Las primeras décadas del siglo XXI nos han sorprendido con tres grandes crisis sucesivas.
Las primeras décadas del siglo XXI nos han sorprendido con tres grandes crisis sucesivas.
Pilar Ostalé

El 11 de septiembre de 2001 supuso la quiebra del que había sido nuestro tradicional concepto de seguridad. El ataque contra las Torres Gemelas demostró la imposibilidad de Occidente para garantizar la inviolabilidad de su territorio y confirmó el riesgo de que cualquiera, en cualquier momento, podía convertirse en víctima de un atentado. El miedo, al igual que la amenaza, quedaron globalizados y las muchas y preventivas medidas de seguridad se sumaron como un pesado condicionante a nuestras vidas. En aquella fecha eran muchos los países que convivían con el terrorismo -España entre ellos-, pero nunca antes la sinrazón y la violencia habían adoptado un rostro reconocible por todo el planeta. 

La caída en 2008 de Lehman Brothers rompió en mil pedazos nuestra seguridad económica y financiera. Como un gran castillo de naipes el sistema se desmoronó confirmando el pinchazo de la burbuja y la ruptura de la artificial estabilidad monetaria que había alimentado el crecimiento. El término crisis se añadió a nuestro vocabulario y desde esa mirada se interpretó la economía, adaptándose las decisiones políticas a un tiempo de recortes y limitación de expectativas.

La llegada del coronavirus en el arranque de 2020 nos ha introducido, sin posibilidad de adaptación, en la tercera gran crisis mundial: la sanitaria. Confinados en casa hemos conocido nuestra debilidad como seres humanos mientras la soberbia descubría los límites de la ciencia y la fragilidad del sistema sanitario. En paralelo, esta pandemia, con una increíble capacidad de contagio y con peligrosas consecuencias para los mayores, lograba lo que ni el terrorismo ni el descalabro económico consiguieron: paralizar nuestras vidas.

Generacionalmente, y bajo una mirada optimista, el hecho de soportar y superar estas tres grandes crisis que marcan los primeros años del siglo XXI confirma nuestra capacidad de adaptación ante los repentinos cambios de paradigma. Este bagaje, que debe servirnos para comprender cómo discurre nuestra existencia, también ha elevado las incertidumbres y alimentado el recelo hacia la clase política. 

Todas estas crisis, definidas por diversos analistas como una secuencia no premeditada pero que cobra sentido como unidad, guardan similitudes por su naturaleza global y por el papel que desempeñan los gobiernos, aunque es en la última de ellas donde más en evidencia han quedado los gestores públicos. A la falta de anticipación frente al coronavirus se suma la lentitud a la hora de ofrecer una respuesta que ha dejado a los ciudadanos en clara desprotección. No solo han existido graves errores, sino que además se ha sometido a la población a una obligada convivencia con la improvisación, rompiéndose en varias ocasiones la cadena de la confianza. Sin ir más lejos, la descoordinación demostrada por el Ejecutivo central en la definición de las condiciones que permiten a los niños salir a la calle a partir de hoy, convertido en un absurdo ejercicio de desmentidos entre ministros, ha servido para confirmar la ausencia de un criterio técnico suficientemente maduro. Las cifras, que no dejan lugar a muchas dudas, reflejan cómo se está gestionando (la prevalencia acumulada -casos por millón de habitantes- sitúa a España a la cabeza mundial de la pandemia) y cuál es la medida de la respuesta que como Gobierno se está ofreciendo en comparación con nuestros vecinos europeos.

miturbe@heraldo.es

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