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Los confines del aislamiento

Por
  • Ricardo Díez Pellejero
OPINIÓNACTUALIZADA 31/03/2020 A LAS 02:00
Un ratón de laboratorio.
Un ratón de laboratorio.
Javier Pardos / HERALDO

Me siento como parte del mayor experimento social y sanitario de la historia de la humanidad. Me veo y nos veo como diversos grupos de ratoncillos diseminados ‘urbi et orbi’ en millones de pequeñas cajas, de pequeños laberintos que se apilan en bloques por toda España, por toda Europa, por el planeta entero. Algunos afortunados tienen su ruedita y corren sin parar sobre agua pasada, otros se esconden bajo un manto de paja y solo salen al comedero a la hora puntual en la que el rigor científico dispone algo que ir royendo. Nerviosos y desubicados, recorremos las familiares paredes de nuestro confinamiento en busca de una salida. Paciencia.

Otras veces me imagino que somos una multitud de voluntarios conectados a cientos de electrodos que monitorizan nuestro aburrimiento. Veo a grupos de científicos analizando nuestro comportamiento: los picos de tráfico en la red, qué mensajes reenviamos y cuándo nos apetece más ser parte del ‘spam’ global, controlan el índice de ocupación del baño, si aumenta o disminuye la comunicación propia de un hogar o si se dispara el intento de alcanzar la comunicación con el exterior. Registran cada subida de endorfinas, cada pestañeo de más. Observo cómo, circunspectos y sorprendidos, toman muchas notas sobre lo que leemos y sobre lo que creemos saber o haber entendido de todo esto… Con erudita parsimonia nos observan buscar nuevos límites al confinamiento, tratando de liberar cuerpo y alma de las ataduras de este cautiverio, inventando una nueva actividad que hacer sobre la mesa del salón o por el otrora desierto pasillo. Con fría inflexibilidad se abstienen de interferir en nuestras tribulaciones no pautadas. 

Por rápido que me gire no soy capaz de verlos pero, en cuanto retorno a mis pensamientos, noto la lente de aumento mirando directamente en el interior de mi cráneo para evaluar mis constantes cerebrales. Anotan que, en estos momentos, hay dos creencias que quisiera cuestionar con otro ser vivo: con usted, por ejemplo. La primera sería que todo es incertidumbre, que deberíamos de aceptar esta máxima como el axioma fundamental de nuestro pensamiento -como ya nos prescribiera Sócrates-, y la segunda, que la realidad es un cálculo, pero no un cálculo exacto y preciso, sino la interpretación de múltiples datos que obtenemos de nuestro entorno, de aquello que vemos, leemos, escuchamos y que, en función de nuestra experiencia y formación, son empleados para componer un conjunto probabilístico de sucesos y certidumbres que nos otorga una línea, un puente apuntado que se equilibra sobre la clave de lo que damos por seguro y cierto y por el que ahora cruzamos el abismo del miedo.

Poco bagaje tenemos de lo que se nos viene encima, del cauce sobre el que tenemos que andar. Habrá quien haya visto suficiente cine apocalíptico como para estar tranquilo. Habrá quien haya visto de todo en un hospital y se vea superado. En cualquier caso, encuentro prudente estar atentos para aprender todo lo posible de esta situación y de nosotros mismos. Hoy somos todos astronautas descubriendo la inmensidad del cosmos en nuestras cápsulas espaciales. Cuídense mucho. Buen viaje.

Ricardo Díez Pellejero es ingeniero y poeta

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