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Opinión

la rotonda

Es la política, estúpidos

Por
  • Alberto Díaz Rueda
ACTUALIZADA 24/03/2020 A LAS 02:00
Opinión
"Ante el Covid la solución pasa por globalizar las ayudas y los remedios'
Pixabay

En 1992 Bill Clinton derrotó a Bush padre en unas elecciones donde apenas tenía posibilidades. Una de las frases emblemáticas de los demócratas fue: "The economy, stupid". Se trataba de enfatizar algo esencial en una situación determinada y que había pasado inadvertido. Más tarde se le añadió un ‘es’ y en lugar de economía se utilizó lo que fuese más apropiado para las circunstancias.

Como alcalde de un pequeño pueblo de Teruel sigo las directrices de confinamiento y preventivo-sanitarias que se nos han ido dando desde que el Covid evolucionó como algo remoto que les ocurre a otros hasta mutar en un problema real que nos concierne a todos, incluido mi aislado pueblo y su centenar escaso de vecinos. Pero siempre que tengo ocasión, desde que acepté el cargo, apelo a la solidaridad sobre el egoísmo, al interés común sobre las diferencias. A unir los medios de pequeños y grandes pueblos de la comarca para que todos estemos bien atendidos, A abandonar los posesivos ‘mi’ y ‘tu’ para usar en las ocasiones importantes el ‘nuestro’, el ‘nosotros’.

Y es que hay un punto de lógica social en la dinámica histórica de comunidades, comarcas y países que ha sido generalmente banalizado como utópico y que a mi parecer es la clave más efectiva para, como es este caso, plantear una estrategia efectiva que nos permitiría controlar el problema presente y los futuros en ciernes. Es la política, estúpidos. Pero no ‘esa’ política que padecemos en casi todo el mundo, ombliguista, cortoplacista, bunquerizada, dividida, rastrera y corrompida. Es la política basada en la ‘virtus’ aristotélica, que toma un alcance global porque los problemas graves y contagiosos serán globales, como lo son las comunicaciones, Internet y la economía.

Seguimos aplicando la óptica miope de los intereses propios, pseudos nacionales a cuestiones que los desbordan por completo. Ante el Covid se proclama el aislamiento, cierre de fronteras internas y externas, cuando la solución pasa por globalizar las ayudas y los remedios, permitir el paso de material sanitario y médicos y enfermeras del país que va controlando la situación al que más los necesitan. Centralizar en un organismo mundial la defensa humana contra el virus, poner medios para lograr, en investigación médica porosa e intercomunicada, una pronta vacuna. Atar en corto a las farmacéuticas y laboratorios para que el fármaco sea asequible y común a todo el planeta.

Y sin olvidar intervenir globalmente en los mercados de valores para impedir que las empresas depredadoras internacionales, que son bien conocidas, hagan negocio con el sufrimiento, el desempleo, la ruina y la muerte de millones de personas. El liberalismo es un logro como lo es la democracia, pero como todas las ideas político-económicas son perfectibles y hay que admitir que en determinadas ocasiones el bien común permite y exige imponer excepciones en pro de la justicia y la efectividad. El fiel de la balanza es el interés global, el interés Humano con mayúsculas, sobre el de nacionalidad, raza o riqueza.

Cooperación mundial (qué gran oportunidad está perdiendo la UE en este escenario sin liderato), ciencia global, intervención económica en los mercados y política de compensaciones para evitar una recesión brutal, coordinación médica y sanitaria a nivel planetario, formación de comités de sabios de todo el mundo como asesores de una recuperación global con sedes itinerantes por todos los países afectados, información veraz, asedio a los ‘fake news’ y sus autores, sean sujetos o países o grupos políticos… compartir lo que somos y lo que tenemos. Esa es la clave.

Comenzamos a ser humanos cuando nos apoyamos unos en otros. Cuando formamos comunidades en las que el objetivo máximo, sobrevivir fue ganando profundidad y calidad. Pero ya entonces olvidamos la premisa principal: unidos prosperaremos. En cambio constituimos pequeños reinos de taifas y establecimos diferencias entre la tribu de aquí y la que hay al otro lado del río. En aquellas edades remotas sólo rozamos la verdad, luego la dividimos en pedacitos para cada uno y así perdió su fuerza y su virtud. Siglos después, sobre esa base nacieron los nacionalismos. Quizá es hora de volver a la verdad primera, ahora que la globalización nos ha ‘unido’

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