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Opinión

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La maldición que azota a los mayores

ACTUALIZADA 22/03/2020 A LAS 02:30
Mascarillas sanitarias confeccionadas en Santa Engracia en Zaragoza
Mascarillas sanitarias confeccionadas en Santa Engracia en Zaragoza
Santa Engracia

Ahí están nuestros mayores, con la agria sensación de que la vida les sacude con otro resabio después de una existencia a golpe de dificultades. Los mismos que nacieron con el horizonte de la Guerra Civil, los que crecieron en una España sombría y pobre, los que lucharon toda una vida para que sus hijos pudieran acceder a unos estudios de los que ellos carecieron. Son los hombres y mujeres de una generación solidaria por devoción, que ni siquiera han tenido tiempo para preguntarse qué les ha devuelto la sociedad en 80, 90 años de sacrificio permanente. Esas vidas no vividas que ahora corren el peligro de extinguirse por el efecto de un virus que les vuelve a colocar en la cola de los privilegios, los parias de un país que elabora ya los manuales de bioética para situaciones de medicina de catástrofes y que los expulsa de las UCI, de la última esperanza en su penúltima recta de la vida. Son la generación que ni siquiera ha merecido una placa, un recuerdo en el más pequeño de los ayuntamientos después de una existencia comprometida y abnegada. Mientras los mercados se hunden, las economías se tambalean y el empleo se desvanece, aún están ellos para colocar sus pensiones mágicas encima de las mesa, las mismas que sirvieron para sostener a las familias españolas cuando el túnel de la crisis de 2008 se convertía en una agonía interminable. Ahora dicen las crónicas que permanecen confinados, serenos como siempre y tristes como nunca. La maldición bíblica que azota acaso a la mejor generación que ha dado España, merece al menos el respeto de esa sociedad a la que ha servido sin una queja a caballo entre dos siglos. Suceda lo que pase, a una con el poeta, podremos seguir diciendo con inmenso cariño: «Te recuerdo como eras en el último otoño».

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