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Opinión

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Confinados

ACTUALIZADA 22/03/2020 A LAS 02:00
Pedro Sánchez y el ministro de Sanidad, Salvador Illa, este sábado durante la reunión del Comité Científico del COVID-19.
Pedro Sánchez y el ministro de Sanidad, Salvador Illa, este sábado durante la reunión del Comité Científico del COVID-19.
EFE

Sin haber logrado aún doblegar a la enfermedad, España continúa encerrada en sus hogares sin comprender muy bien cómo se ha llegado a paralizar todo un país. La aceptación de la dimensión del confinamiento nos ayudará a enfrentarnos a sus graves consecuencias que, pese a las ayudas económicas anunciadas esta semana por el Gobierno de Pedro Sánchez, difícilmente podrán superarse en el corto plazo.

La gestión de esta crisis, que se ha demostrado tardía y lenta, ha quebrado a la sociedad en su conjunto. No solo habremos de salir de un profundo agujero económico –ojalá gracias a un efecto rebote como esperan los más optimistas– sino que deberemos reestructurar toda nuestra organización social. Desde la comunidad educativa, que habrá de realizar un enorme sacrificio en fechas y esfuerzo docente, hasta los sectores económicos y productivos, pasando por la industria del ocio y el entretenimiento, el país tendrá que reinventarse para recuperar este tiempo perdido. Cuesta fijar un horizonte temporal, pero los meses de septiembre –interpretado como el arranque del año– y diciembre, este último por su perfil económico como cierre del ejercicio, marcarán las etapas que medirán el ritmo de la recuperación.

La crisis del coronavirus, sin referencias anteriores y en la que en demasiadas ocasiones se ha entremezclado la gestión sanitaria con la hospitalaria, demuestra que no estábamos preparados para soportar grandes emergencias. Negar que el coronavirus nos ha sobrepasado sería negar la evidencia, por lo que aparte de redimensionar nuestro sistema sanitario, tanto en lo preventivo como en sus infraestructuras, tendremos que asumir el doble reto de la reconstrucción y de la recuperación de la confianza mutua y en los poderes públicos. Aunque ahora convivimos con la resignación –no queda otro remedio que aceptar tanto la situación como las decisiones adoptadas–, convertidos en víctimas de un tsunami que o no se vio o no se supo dimensionar, será difícil de aceptar, una vez se abran las puertas de los hogares, que las muchas decisiones que se habrán de adoptar no estén maduradas y dispuestas para ser implementadas. La clase política, en especial aquellos que hoy gestionan nuestros destinos, no solo deben anticiparse, sino que tienen la obligación de estar preparados para solventar los muchos problemas que reclamarán respuestas valientes y enérgicas. Este disciplinado confinamiento, cuyo plazo queda por ver si concluirá dentro de una semana o será necesaria una prórroga, ha dejado a la población aterrada, desposeída de la limitada visibilidad con la que creía intuir su futuro. Lograr que remonte el país superando el descalabro será una tarea compartida que exigirá de renovados liderazgos políticos que tendrán que evitar el posible crecimiento de los extremos al calor de esta inesperada crisis.

La sociedad española, que en unos días se verá ante una realidad social y económica desconocida, no estará muy dispuesta a atender a soluciones sobre los estándares tradicionales. Son muchos los cambios que se van a ver acelerados, mudanzas que ya nos han introducido en un escenario que ha reordenado muchos de los principios. Gracias al esfuerzo colectivo remontaremos, al igual que gracias a la solidaridad compartida hemos aprendido que protegiéndonos los unos a los otros podemos derrotar al virus. Para todos, un fuerte aplauso.

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