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Opinión

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Limitados

ACTUALIZADA 19/03/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Limitados'
HERALDO

Viví un tiempo con un compañero que gustaba repetir un mantra: "Limitados, somos limitados". Era algo más que una frase hecha. La usaba mucho, pero no siempre. Tenía el cuidado de acertar. Cuando metía esa cuña, primero, daba un ¡zasca! –como dicen ahora– y, luego, abría con facilidad una puerta a la consciencia. Abría la percepción del límite de la vida, en general, y del interlocutor, en particular. Tenía su gracia, aunque en algunas ocasiones resultaba un poco puñetero. Sobre todo cuando jugaba inteligentemente con las palabras. Solía torear con buena dialéctica a cualquiera. Y más cuando envidaba a la diferencia de perspectiva. Se las sabía todas, como si al vivir estuviéramos en una partida de mus. Aprovechaba elegantemente sus bazas. A la grande, lidiaba con doctores ensoberbecidos e instalados en la nube de las teorías. A la chica, desde lo pequeño, se metía con quienes gestionaban espacios de poder; le daban igual tipo, tamaño o institución. A los pares, nunca se hacía de menos, ni quería ser más; en eso era astuto: vale más tener parejas de pitios que figuras sueltas. Y a la una, no había quien le venciera, contaba siempre con la frase preparada para dar en la nariz del más pintado, pero tampoco lo buscaba. Sabía que el reto no es quedar arriba, si no aceptarse.

En cualquier caso, sus ojos eran capaces de ver dónde los demás no veían. Y con cada palabra sabía sacar las cosas de quicio o ponerlas en su sitio. Cuando la conversación pasaba de lo superficial y entraba más adentro de la dermis, entonces era un mago. Con pocas letras, decía esa frase que resonaba en el interior. A modo de contrapunto, componía diestramente la parte del compás que cuadraba la armonía. Me enseñó que la diferencia de perspectiva no es una pelea, es lo que permite ver lo que uno no ve. En mi caso aprovechaba que nos separaban unos cuantos años de edad. Ese era un elemento clave para hacer que nuestras miradas del mundo fueran distintas y él estuviera presto a dejar claro aquello de, "sabe más el diablo por viejo, que por diablo".

De esto hace unas décadas, que ahora me parecen nada y entonces me parecían una eternidad. Quizá por eso y por mi arrogancia juvenil, me sacaba de quicio que me diera lecciones. En el fondo, no era la leccioncita el quid de la cuestión. El tema era ser la diana de su dardo. Mucho después entendí que casi siempre acertaba cuando tocaba el orgullo del otro o el mío propio que, casi siempre, está entretejido con un miedo sin digerir. Entonces, como ahora, sigo pensando que el mero hecho de tener años no garantiza más conocimiento o mejores argumentos. El simple paso del tiempo no hace a un vino mejor. Sólo envejece. Y hay dos opciones avinagrarse o ganar en grado y calidad. El envejecimiento no garantiza la madurez, ni una mayor consciencia. Pero percibo ahora un punto distinto, ese paso del calendario siembra permanentemente de oportunidades los días. La primera y más importante es seguir vivo. Mientras uno sigue respirando hay margen para descubrir el límite. Las torpezas, lo inalcanzable, lo que no está. El límite es sentir que falta aire y no se llega a más, pero también saber que estoy aquí.

Al caer en la cuenta de que estamos limitados y somos seres limitados, las cosas y el mundo cobran otra dimensión. Ese descubrimiento no es en sí mismo la última nota de la partitura. Al contrario. La experiencia del límite lleva a sentir que la única libertad radical de la que uno dispone es la de aceptación. Lo demás son ilusiones en un doble sentido. Ilusiones que movilizan porque ilusionan y llevan a intentar ir más allá de lo que limita. Ilusiones que engatusan en una ficción donde las fantasías llevan a no salir de donde uno se enreda. Distinguir una de otra es cuestión de entrenamiento, de introspección. Es un campo emocional e intelectivo donde la memoria y la voluntad vuelven a cruzarse. Las lágrimas y el llanto comparten con la risa y la alegría la posibilidad de dejarse llevar. Sólo uno mismo puede domesticar lo que siente y lleva dentro de sí.

Estos días de confinamiento son una oportunidad para dedicar tiempo a indagar los límites y ver cuáles son las bazas con las que seguir respirando.

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