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Opinión

la firma

Sospechar

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 28/02/2020 A LAS 02:00
El ministro Ábalos durante la sesión de control del Congreso de los Diputados
Ábalos durante la sesión de control del Congreso de los Diputados
EFE/Ballesteros

Es inevitable sospechar del poder. La misma etimología de la palabra lo dice: Sospechar proviene del latín ‘suspectare’, derivado de ‘suspicere’, que significa algo así como mirar o contemplar desde abajo. Y quien está abajo, si quiere ver y fijarse bien en todo, solo puede mirar así, de abajo arriba hasta donde alcance su vista, como quien observa de reojo pero sin perder detalle, y tratando de imaginar lo que se esconde donde su visión no llega. Aunque también puede dejar de mirar, claro está, y conformarse. De hecho, la legitimidad del poder reposa en cierto modo en ese conformismo, como nos enseñó Max Weber: no en la capacidad de quien manda de imponer a los demás la propia voluntad, sino en la de encontrar obediencia, "como si los dominados hubieran adoptado por sí mismos y como máxima de su obrar el contenido del mandato". En ese sentido, sospechar quiere decir mirar con sentido crítico, es decir, con voluntad y disposición de discernir, analizar y separar lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso.

Aunque el diccionario y el habla popular utilice ambos términos como sinónimos, sospechar no tendría por qué ser lo mismo que desconfiar. Podemos pensar que la sospecha o la duda es previa: uno se pregunta si alguien será capaz de llevar a cabo una tarea o cumplir una promesa. Mientras que la desconfianza es posterior: desconfía quien ya sabe o siente que el otro no va a hacerlo. Por eso la sospecha es compatible con la confianza necesaria para que las cosas funcionen; es una forma de confianza crítica, por así decirlo. Con carácter general sospechamos o dudamos del poder porque así visto –desde abajo– no sabemos si realmente lo que dice es verdadero o falso; pero desconfiamos de él cuando hemos experimentado que siempre miente.

Si las cosas son así, podemos sospechar y/o desconfiar de que lo que realmente importa es aquello que al poder le parece expresamente relevante, y quizás deberíamos preocuparnos por aquello a lo que públicamente le resta importancia. Por ejemplo, cabe pensar que lo importante no es aquello de lo que el gobierno habla o discursea abierta y permanentemente, como el auge de la ultraderecha o el pin parental, sino todo lo que calla, esconde o intenta silenciar, sea el ‘Delcygate’, el abuso de menores tutelados o la fragmentación de la Seguridad Social, por no hablar de todo aquello de lo que ni siquiera podemos o sabemos hablar porque permanece oculto y nuestra mirada no alcanza a desvelar.

Desde siempre, un poder no admite otras banderas que las que él pueda claramente enarbolar. Pero la alternativa posmoderna en un mundo fragmentado es hacer suyas y convertirse en abanderado de cualesquiera otras enseñas o reivindicaciones, hasta el punto de encabezar él mismo la protesta social, haciéndose a la vez líder de las reclamaciones que debiera gestionar, capitalizando así su fuerza moral y convirtiendo a los ciudadanos en partisanos de una causa oficial, sea esta la del feminismo, la lucha contra el cambio climático, la despoblación o, más recientemente, las dificultades del sector agrícola y ganadero, en un ridículo intento –aunque seguramente no del todo ineficaz– de algunos miembros del gobierno por ponerse al mando del tractor –metafóricamente hablando, claro está– en las manifestaciones. Es el típico intento de repicar y estar en la procesión, de querer ser a la vez institucional y revolucionario, o de ser rico y entrar en el reino de los cielos. Es la versión política de eso que Pascal Bruckner llamó "la tentación de la inocencia", caracterizada por el infantilismo y la victimización; o el deseo de gozar de todos los beneficios de algo –del poder, en este caso–, sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Bruckner señalaba como culmen de ese infantilismo la figura del inmaduro perpetuo, que podríamos ejemplificar en esos padres –o madres– ya talluditos, pero con síndrome de Peter Pan, que pretenden pasar por compañeros y colegas de sus propios hijos. Asumamos –y acatemos, por supuesto, con el respeto a la legalidad que a veces ellos desprecian– la potestad patria (no sé si realmente patriótica) que ejercen sobre nosotros nuestros gobernantes, pero sospechemos si encima quieren hacerse pasar por nuestros amigos.

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