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¿Necesitamos a los partidos?

ACTUALIZADA 22/02/2020 A LAS 02:00
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'¿Necesitamos a los partidos?'
KRISIS'20

El Parlamento fue inicialmente una agencia representativa, presentaba peticiones y quejas ante el rey, que detentaba todo el poder. El monarca era el Estado. Tras los movimientos revolucionarios del siglo XVIII, el Parlamento pasa a ser el Estado en las incipientes democracias. Giovanni Sartori explica que, en este proceso, las Cámaras abandonan la función de articular las demandas sociales ante el poder; esta función es asumida por un nuevo ente: los partidos. Hoy, la mayoría de las naciones occidentales son ‘Estados de partidos’ (García Pelayo) porque son los partidos los que toman las decisiones que después quedan formalizadas por los Parlamentos.

El problema surge cuando estas legítimas ‘democracias de partidos’ se convierten, como viene ocurriendo en España, en ‘partitocracias’ en las que las más importantes formaciones políticas pasan a ejercer un poder transversal que se apodera de los distintos órganos del Estado y limita la posibilidad de control. Queda así desactivada la garantía para el buen funcionamiento democrático que supone la división de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.

Es un hecho que los partidos han sufrido una profunda transformación. Primero, cada vez están más alejados de los ciudadanos porque ya no dependen de ellos para financiarse. Segundo, sufren una creciente desideologización: se desdibujan los partidos de clase frente al auge de los nacionalistas e incluso las asociaciones de electores. Buscan votantes donde más hay, por encima de la coherencia programática, porque no pueden sobrevivir sino gracias a su éxito electoral, del que depende su financiación. Tercero, están más atentos a los medios de comunicación que a sus bases (mediocracia), lo que acaba degenerando en una ‘espectacularización’ de la política (Vargas Llosa, Lipovetsky). Cuarto, los hiperliderazgos (reforzados por el sistema de primarias y las listas cerradas y bloqueadas) anulan la personalidad de los diputados, que anteponen los intereses del partido que los lleva en sus listas al interés general del país. Quinto, los partidos son utilizados con frecuencia para obtener cargos y prebendas, dejando de lado la acción colectiva propia de los primeros años de la democracia.

Esta transformación de los partidos ha producido una crisis de representatividad que se manifiesta reiteradamente en los sondeos, en fenómenos como el 15-M o en declaraciones, como las de Felipe González el jueves en Zaragoza, de que no se sienten representados. Como los partidos están más pendiente del Estado que de la gente, como le ocurrió históricamente al Parlamento, las demandas sociales empiezan a ser atendidas por otros actores: plataformas cívicas (Teruel Existe), ligas de marginados sociales (Stop desahucios), movimientos feministas, organizaciones ecologistas (Equo) y sindicatos.

La ‘partitocracia’ es, pues, la herramienta de las élites políticas para colonizar e instrumentalizar las instituciones del Estado. Han acaparado, sin frenos ni controles, la designación de los miembros de órganos constitucionales (CGPJ, Tribunal Constitucional…), de los órganos reguladores y supervisores (Banco de España, Competencia, RTVE…) y de otros organismos muy influyentes (CIS, ADIF, REE…). Además, las cúpulas de los partidos copan, mediante la designación de cargos de confianza, la dirección de los órganos de la Administración, que deja así de cumplir con el mandato constitucional de servir a los intereses generales. No hay politización, sino ‘partidización’.

Lo paradójico es que, a pesar de esta desviación partitocrática, necesitamos a los partidos. Como dijo Madison, son la maldición de la democracia, pero son también la única salvaguarda de su libertad. Ahora bien, deben respetar los principios que les legitiman: una buena democracia representativa, una verdadera división de poderes y un respeto al pluralismo. En caso contrario, crecerá el autoritarismo, como advirtió Juan Linz: "Si los votantes se dan cuenta de que sus fines no pueden ser satisfechos por las instituciones democráticas, el propio sistema será descartado".

Esta es la responsabilidad de Pedro Sánchez, Pablo Casado y los demás.

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