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Diálogo

Por
  • Jesús Morales Arrizabalaga
ACTUALIZADA 21/02/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Diálogo'
HERALDO

Como el lenguaje político es cada vez más recortado tenemos que hacer un sobreesfuerzo para comprender qué idea compleja nos están transmitiendo con sus ‘#etiquetas’. Últimamente se carga mucho peso argumental sobre ‘diálogo’. ¿Qué quieren decir? ¿Se ajusta a la situación a la que se aplica? ¿Tienen razón cuando lo presentan como bálsamo de Fierabrás que cura todas las heridas políticas?

Decimos ‘diálogo’ y pensamos primero en Atenas, pero en ese formato ateniense, el diálogo se parece más a un psicoanálisis que a una exposición y evaluación de posiciones confrontadas. En los textos de Platón vemos personas en posiciones marcadamente desiguales: el maestro, que provoca y conduce la reflexión de los discípulos; que pregunta, pero rara vez afirma una posición propia contraria; hace que los discípulos ajusten gradualmente sus posiciones hasta llevarlas a su mejor nivel de precisión y fundamento. Es un recorrido por el interior de un concepto: desde ideas borrosas, frágiles o erróneas, hasta afirmaciones nítidas, consistentes y útiles.

En un uso coloquial, la palabra ‘diálogo’ se ha hecho hoy tan extensa que es casi sinónimo de ‘hablar’; no deja fuera casi nada, por eso no tiene antónimo estable. En el discurso del independentismo se opone a ‘represión’ o ‘autoritarismo’; en el del Gobierno, parece que a ‘legalidad’: el diálogo como manera de trascender las limitaciones de las leyes y su aplicación legalista por los órganos jurisdiccionales. Suena inquietante.

Para reconstruir el propósito de quienes apoyan tanto su discurso en esta palabra, hay que completar el análisis de significado literal con el de la manera en que lo ponen en acción. Veremos entonaciones, expresiones faciales y gestos que dicen que se espera cerrar cualquier posibilidad de contradicción. Si diálogo es democracia, si es la alternativa a represión, ¿quién osará negarlo?

¿Coincide este uso con el propósito de la llamada ‘mesa de diálogo’?

Empieza mal: como la palabra diálogo sugiere travesía, recorrido (dia-) la idea de ‘mesa’ es disonante con un patrón cultural que lo imagina entre sujetos que pasean.

Más de fondo: en nuestro caso una parte de los llamados a la mesa exhibe su desobediencia a leyes ciertas e instituciones constitucionales, mientras que atribuye a la otra una vulneración de derechos borrosos, probablemente inexistentes, basados de momento en falsedades, manipulaciones y retorsiones de normas poco precisas y de improbable aplicación al caso. No veo dos posiciones alejadas que puedan aproximarse; ni siquiera están en la misma dimensión. No cabe mediador que tire de una y otra hasta una posición de encuentro. Si acepto el concepto ‘mediador’ estoy repartiendo las responsabilidades del alejamiento, asumiendo que la virtud está en algún punto medio.

Lo que veo es otro tipo de situación, que requiere otro tipo de estrategia; y otro nombre. Hay un estado de cosas administrado por las instituciones centrales del Estado español; otras autoridades no generales de ese mismo Estado piden una alteración significativa de ese ‘statu quo’. El esfuerzo de poner en marcha un procedimiento de revisión corresponde a los que la proponen. Para ello deben expresar con precisión su petición, sus fundamentos –preferiblemente jurídicos– y acreditar su condición de sujeto. Hay muchos pasos previos a la discusión de fechas y procedimientos referendarios: si se invoca un derecho habrá que demostrarlo en todos sus extremos. Sin embargo, el independentismo ni siquiera se plantea que deba recorrer ese camino argumental desde la casilla de salida.

Hace falta un procedimiento más formalizado que el laxo diálogo; que permita excluir la mera yuxtaposición de parloteos. Hay un proponente, y una institución que evalúa la propuesta; no están en el mismo plano ni tienen la misma función. Deberán ajustarse a un orden conocido en que se fijen roles de la discusión y reglas del intercambio; debe permitir filtrar y descartar tesis, propuestas, peticiones… y someterlas al necesario análisis de razonabilidad; porque no todas las posiciones tienen fundamento. Puede tener sentido que alguien supervise el respeto al rigor de los elementos del discurso (¿A. Gabilondo, Innerarity…?).

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