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Opinión

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El modelo del siglo XXI

ACTUALIZADA 18/02/2020 A LAS 09:04
Opinión
'El modelo del siglo XXI'
KRISIS'20

La universidad no es solo un centro formativo, también es una institución educativa. Ello quiere decir que no podemos ausentarnos de nuestra obligación de formar a las nuevas generaciones en los valores correspondientes a la sociedad del siglo XXI. La igualdad y no discriminación por ninguna causa, prácticas y métodos de trabajo respetuosos con nuestra sociedad y nuestro planeta, y apoyo a la promoción y defensa de los valores de una sociedad democrática deben estar presentes en los planes de formación de todas las titulaciones. No es posible hacer buenos titulados, investigadores y profesores si la base para ello es la injusticia social y el individualismo egoísta.

La sociedad del siglo XXI no es igual que la anterior. Esto se debe reflejar en todo lo que hacemos. Las principales líneas de actuación deben orientarse desde y hacia las personas y el entorno en el que habitamos. Pero en un mundo globalizado no podemos olvidar que las personas de nuestro entorno somos todos, los que estamos aquí y también todos los que pueden hacerlo si les damos una oportunidad. No es posible actuar de forma ética si obligamos a terceros, aunque estén lejanos, a llevar a cabo prácticas de subsistencia inaceptables para nosotros mismos.

Todos creemos saber qué es lo correcto y qué no lo es. Pero para que esto llegue a las nuevas generaciones hay que darle un soporte formativo. Así, nuestros estudiantes, que no son otros que aquellos que dirigirán la sociedad en breve, tendrán una visión más amplia pues habrán conocido más situaciones, que es lo que nos permite darnos cuenta a todos de que nuestro punto de vista es únicamente eso, el nuestro.

Hacer una lista de valores morales es complejo y siempre algo conflictivo, pero somos docentes y por ello debemos intentarlo. Fomentar la igualdad entre las personas, promover una mejor vida familiar, favorecer la solidaridad enfocada a conseguir la igualdad real de oportunidades, extender la idea de que el cuidado de nuestro entorno no es una cuestión de moda, hacer de la cooperación y la colaboración un valor en sí mismo frente al individualismo egocéntrico, evitar el abuso y el fraude de ley en las condiciones laborales de todos aquellos sobre los que tengamos responsabilidad, ser activos en el combate de situaciones de clara injusticia social, y otros muchos más, son los principios a los que me refiero.

Se me puede acusar de buenismo y de maximalismo, pero me niego a aceptar que el egoísmo es lo único que nos mueve. He sido testigo muchas veces de que las personas se sienten realmente reconfortadas cuando pueden hacer el bien, y no estoy hablando necesariamente de actitudes heroicas. El altruismo, pagado con sencillos gestos de agradecimiento, es mucho más frecuente de lo que todos pensamos. Nadie quiere ser tachado de malvado, pero la bondad desinteresada también es calificada de estulticia. Solo si interiorizamos los valores arriba citados superaremos esto último y los buenos dejarán de ser asimilados a tontos.

Creo que sí podemos, y debemos, formar a las nuevas generaciones en valores que van mucho más allá de lo meramente tecnológico. Hemos dejado que ‘millennial’, como definición de joven nacido durante el periodo de cambio de siglo y milenio, sea solo sinónimo de nativo digital, sin querer ver que lo trascendente es el mensaje, no el medio. Un planteamiento discriminatorio lo es independientemente del medio por el que se transmita, analógico, digital o de viva voz. Estamos comprobando cómo algunos, jóvenes y no tanto, propagan mensajes en las redes sociales que aterra escucharlos y, muchas veces, escondidos tras seudónimos.

En las aulas, en cualquier nivel educativo, estamos obligados a enseñar y formar en el respeto al diferente. Los que no quieran aceptar esta responsabilidad estarán fomentando que el siglo XXI sea el último de la civilización tal y como la entendemos. Si a nuestros alumnos solo les moviera en la vida su interés personal, porque no les hemos enseñado qué es lo correcto, ¿podríamos llamarnos maestros? 

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