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Ciberpopulismo y algo más

ACTUALIZADA 15/02/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Ciberpopulismo y algo más'
VITICOR

Ya son muchos los especialistas que advierten que las redes sociales y la inteligencia artificial posibilitan sistemas de control totalitario, como los ensayados en China: desde Niall Ferguson (‘La plaza y la torre’) a Rob Riemen (‘Para combatir esta era’) pasando por José María Lassalle (‘Ciberleviatán’).

La prestigiosa revista ‘The Atlantic’ publica en su último número un extenso artículo que da todo lujo de detalles sobre el avance de este ‘ciberpopulismo’: 'La campaña de desinformación de mil millones de dólares para reelegir al presidente’. Se refiere al posible éxito de Donald Trump en las elecciones de noviembre. Y el autor, McKay Coppins, añade un subtítulo global: ‘Cómo las nuevas tecnologías y técnicas iniciadas por los dictadores darán forma a las elecciones de 2020’.

Hace cuatro años, el millonario neoyorquino supo valorar la importancia de la irritación de una mayoría ciudadana ante el hecho de que un salario normal no servía ya para tener una vida digna. Buscó un lema sencillo y directo, ‘América primero’, y alimentó los miedos de sus conciudadanos para ganar las elecciones de una manera heterodoxa: recurriendo sin pudor a las mentiras, manejando con astucia la comunicación a través de irritantes tuits, relegando a los medios tradicionales y explotando la seducción de las redes sociales como herramientas para difundir su mensaje y desprestigiar el de sus contrincantes. Hoy, esos métodos siguen sin ser ortodoxos, pero sí muy habituales. Y, aunque es cierto que todos los grandes partidos tienen acceso a este tipo de herramientas, en manos de demagogos su potencial para causar estragos es enorme.

El objetivo del tecnofascismo es generar un tsunami de incertidumbre que lleva a las sociedades democráticas a despreciar la cultura liberal y anhelar la seguridad de un orden autoritario. Los dictadores y los líderes populistas de todo el mundo están desarrollando esta estrategia que ya no se basa solo en callar a los disidentes, sino en aprovechar el poder de las redes sociales para sembrar miedo y colonizar al electorado bien por la persuasión a través del engaño, bien por la censura a través de la asfixia informativa. A este paradigma hay que unir las campañas de manipulación lanzadas desde el extranjero. Se difaman los principios liberales y a sus defensores mediante oleadas de desinformación que no pueden ser contrastadas ni contraargumentadas en tiempo real. Frente a la complejidad argumentativa de la prensa y la universidad, propagan mensajes simplistas adornados con imágenes muy impactantes. El ‘big data’ y otras herramientas identifican por miles a los consumidores y difusores de esos contenidos. No hay debate público ni control democrático.

Más allá de la clásica dicotomía tecnofilia/tecnofobia, internet ya no es visto como impulsor de la democratización sino como un vehículo de intromisión en el ámbito de la privacidad y en los procesos electorales. Cuanto más grandes son los ‘big data’, más pequeños parecen los ámbitos en los que el ciudadano mantiene su capacidad autónoma de decisión. Por eso, no puede entenderse el avance del populismo sin el uso de estrategias masivas de comunicación digital.

Los intentos de manipular la opinión pública no son algo nuevo. Sin embargo, los ‘hechos alternativos’ o la ‘posverdad’ son una nueva forma de propaganda mucho más penetrante pues aprovecha los medios de comunicación de masas digitales. Y las noticias falsas tienen su eco en ciencias falsas (los negadores del cambio climático, los anti-vacunas, los antiteoría de la evolución…), historias falsas (los revisionistas, los negadores del Holocausto y los supremacistas raciales) y seguidores falsos en las redes sociales (trolls y bots) que amplifican noticias falsas en internet.

La agresividad de los eslóganes y los mensajes en las redes han venido a sustituir a los desfiles de camisas pardas/negras por las calles, tan frecuentes en la Europa de entreguerras. La violencia reside en el lenguaje. El exhibicionismo público y militarista de entonces se ha transformado en un privado bombardeo de mensajes, vídeos y ‘memes’ en las redes sociales con el que el neofascismo lanza su guerra contracultural para erosionar los valores de la democracia.

Levitsky y Ziblatt (‘Cómo mueren las democracias’) han demostrado que las democracias ya no terminan con un ‘bang’ (un tiro de un golpe militar o una revolución) sino con un leve quejido: el lento y progresivo debilitamiento de las instituciones esenciales (la justicia, el parlamento o los medios de comunicación) y la erosión de las normas políticas tradicionales.

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