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Opinión

la rotonda

A la espera del nuevo arzobispo

Por
  • Juan Antonio Gracia Gimeno
ACTUALIZADA 29/01/2020 A LAS 02:00
El arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, en los pasillos del palacio arzobispal.
El arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, en los pasillos del palacio arzobispal.
Francisco Jiménez

El 28 de enero del año pasado, monseñor Vicente Jiménez Zamora, de acuerdo con la norma canónica, presentó al Papa su renuncia al ministerio arzobispal en nuestra archidiócesis de Zaragoza, iniciándose desde ese momento el proceso de nombramiento de un sucesor. Por lo tanto, ayer se cumplió un año sin que el Pontífice haya designado un nuevo titular de la sede cesaraugustana.

Ese mismo día 28 de enero de 2019 y en estas mismas páginas exponía mi deseo de que este relevo en la sede de San Valero fuera rápido, pero la Santa Sede no parece tener prisa en cubrir las vacantes episcopales. La Iglesia de Aragón en sus seis diócesis tiene una larga y penosa experiencia en esta parcela concreta a lo largo de los últimos cincuenta años. Sin necesidad de remontarnos a períodos antiguos, ahí está hoy también el caso de Tarazona, cuyo obispo actual presentó su dimisión en julio de 2019, aunque él y su grey siguen, siete meses después, esperando pacientemente un nuevo Pastor.

Volviendo al caso de Zaragoza, tengo la impresión de que este asunto, de importancia capital para la Iglesia y la sociedad de Aragón, no inquieta demasiado a la comunidad católica en su conjunto. Sin embargo, en ambientes clericales y entre grupos cristianos más comprometidos con el Evangelio se percibe, entre la esperanza y la curiosidad, un cierto malestar por la tardanza en enviarnos un nuevo arzobispo, a la vez que se dice, no sin razón, que este prolongado compás de espera se les antoja incómodo e inexplicable.

Un hecho curioso, que no pasa de ser una simple anécdota, ha dado pie estos últimos días a un rumor que asegura que la noticia del nombramiento del sucesor de don Vicente está al caer. Resulta que el arzobispo de Toledo y el arzobispo de Zaragoza, ambos por razones de edad, renunciaron a su cargo ministerial casi en el mismo día, el 27 y el 28 de enero de 2019 respectivamente. Con esta coincidencia en las fechas de la renuncia de los dos prelados, y habida cuenta de que el pasado 19 de diciembre Roma nombró un nuevo arzobispo para Toledo, cabía suponer que no podía tardar la solución del problema de Zaragoza.

De ahí que, en los corrillos donde se habla de estas cosas, se opinara que el relevo de monseñor Jiménez Zamora era inminente, hasta el punto que algunos llegaron a aventurar que el 29 de enero sería tal vez la fecha más idónea para el anuncio oficial, ya que ese día la ciudad y la archidiócesis de Zaragoza celebran la fiesta de su Patrono, el obispo San Valero. No ha sido así. Ya se sabe que no siempre se cumple la sentencia que define el rumor como el anticipo de la noticia.

Más allá del debate sobre tiempos, nombres y desajustes propios de circunstancias transitorias –asuntos interesantes pero domésticos–, está la cuestión general del porqué en España se tarda tanto tiempo en cubrir sedes vacantes. Es ciertamente difícil entender hoy que, una vez abolido el sistema concordatario para la designación de obispos y después de haber desaparecido el llamado Privilegio de Presentación, necesite tanto tiempo el Vaticano para cubrir las sedes episcopales cuando ahora el Papa tiene las manos libres para nombrar obispos sin injerencias de nada ni de nadie.

Ahora solo quedan dos cosas. Agradecer a don Vicente su servicio abnegado y competente durante sus cinco años entre nosotros y desear que nos llegue cuanto antes el nuevo Pastor, al que acogeremos con los brazos y el corazón abiertos.

Leo el Episcopologio cesaraugustano y compruebo que fue el 4 de diciembre de 1895 cuando se instaló en su residencia de la plaza de la Seo el último arzobispo de Zaragoza nacido en Aragón. Y me atrevo ‘sine ira et studio’ a lanzar al aire una pregunta: ¿Y si el que estamos esperando fuera aragonés?

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