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Opinión

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El asesinato de Gregorio

ACTUALIZADA 23/01/2020 A LAS 02:00
El Rey don Felipe recibe a familiares de Gregorio Ordóñez y directivos de la Fundación que lleva su nombre en vísperas del 25 aniversario de su muerte.
El Rey don Felipe recibe a familiares de Gregorio Ordóñez y directivos de la Fundación que lleva su nombre en vísperas del 25 aniversario de su muerte.
Fernando Alvarado / Efe

Gregorio Ordóñez era, para la promoción de Periodismo de Navarra 1976-81, un compañero vehemente y valiente, matrícula de honor en Historia, que había decidido dedicarse a la política en el País Vasco. Desde 1983, primero en Alianza Popular y luego bajo las siglas del PP, Gregorio iba obteniendo excelentes resultados en las elecciones de San Sebastián y del País Vasco. Creía en su tierra y desdeñaba el miedo. Eran años de plomo, en los que ETA mataba con saña e impunidad. En las homilías de los funerales por los asesinados, los obispos vascos destilaban una distancia gélida con las víctimas y una comprensión hiriente con los verdugos. Una mañana fría, el 23 de enero de 1995, el etarra Valentín Lasarte dio la señal para que otro terrorista descerrajara un tiro en la nuca de Gregorio Ordóñez, sentado en una mesa del bar donostiarra La Cepa. La banda abrió la veda contra los políticos que no se plegaban al terror. Pero a la vez abrió el camino para que muchos otros, como María San Gil, sentada en ese bar junto a Gregorio, como Borja Sémper, tomaran el testigo de la víctima.

Veinticinco años después, ETA no mata, pero el constitucionalismo ha perdido terreno, Sémper y San Gil han dejado la política y los diputados de Bildu recomiendan tomar tila a los parlamentarios que les piden que condenen explícitamente la violencia. "Si pasó una vez, puede volver a pasar", escribió Primo Levi sobre el horror del Holocausto, y como antídoto contra el olvido que adormece. Mirar hacia adelante no significa blanquear décadas de maldad y oscuridad.

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