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la columna

Paradojas animales

OPINIÓNACTUALIZADA 20/12/2019 A LAS 02:00
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'Gato y Schrödinger parecen llevarse bien'.
Pixabay

A mi amigo Fer le han dejado unos días un perrico para que lo cuide. Como es un caso (Fer, no el perro), a los dos días se olvidó del nombre de la mascota y tuvo la ocurrencia de llamarlo Gato. Lejos de abrirse una puerta interdimensional, el perro aceptó de buen grado el nuevo nombre y –créanme– siguió pidiendo que le rascaran la cabeza y que le tiraran la pelota exactamente igual que antes.

Virginia Woolf también tuvo un montón de perros a lo largo de su vida (¿recuerdan el relato ‘Flush’?) y a uno ellos, de forma mucho más mohína y lacónica como era ella, decidió llamarlo Dog. No era una simpleza sino una especie de juego, una reflexión sobre la identidad animal, quiero entender.

El caso es que mi amigo Fer también tiene un gato. Y no, el gato no se llama Perro sino algo peor… El gato se llama Schrödinger. Hace tiempo que el pobre animal evita una caja de cartón con agujeritos que le hicieron como refugio, a pesar de que no hay en ella ni martillos ni botellitas con veneno. Que tome nota el físico austríaco porque este minino –a juzgar por cómo araña las cortinas– está muy vivo.

Gato y Schrödinger parecen llevarse bien. Se olisquean, juegan y uno diría que el perro está pasando unos buenos días en casa de Fer. Pese a no escuchar su nombre real, no precisa de un diván ni ladra con acento argentino. Se ve que los perros no tienen crisis de personalidad y permanecen ajenos a la sentencia que dice: "Me podréis robar todo, menos la identidad". La cita, por cierto, tendría su autor pero acabó siendo anónima.

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