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Opinión

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¿Hableer?

ACTUALIZADA 19/12/2019 A LAS 02:00
Teléfono móvil / 02-06-2015 / Foto: José Miguel Marco
Aunque digamos 'hablar', cada vez más se trata de escribir mensajes.
José Miguel Marco

A nadie le resulta extraño. El uso generalizado de los teléfonos móviles ha cambiado nuestras pautas de comportamiento tanto individuales como sociales. Se han inventado infinidad de aplicaciones para un sinfín de usos diversos. No solo son teléfonos que se llevan en el bolsillo. Han ido más allá. Son oficinas portátiles, mecanismos de pago y contratación, centros de telemando, portalibros, máquinas de escribir, cámaras de fotos y vídeo, grabadoras de audio, reproductores de películas, etc. Las posibilidades no han llegado a su límite. Siguen surgiendo novedades pero, sobre todo, lo que han producido es un cambio en las formas de interacción humana. 

La comunicación mediante estos dispositivos electrónicos cada vez es más versátil, simple y polifónica. Quienes cuentan con un móvil de última generación no solo hablan a distancia, con su voz o en una videoconferencia o con mensajes grabados, también dictan a su máquina para que haga procesos de búsqueda en la web o envíe un mensaje sin tener que mecanografiarlo. Hoy en día no sorprende ver a un ciudadano cualquiera caminando por la calle hablando solo, mientras va moviendo los brazos acaloradamente, como si su interlocutor estuviera ahí al lado. Y su ‘mono-diálogo’ funciona sin llevar el ‘cacharrico’ en las manos, sin cables, con los correspondientes auriculares inalámbricos con micrófono, invisible, pero ahí mismo incorporado. Esas opciones tecnológicas, cada vez más generalizadas, cambian las condiciones de contorno de nuestras maneras de estar en el mundo y también el sentido de algunas palabras. Por ejemplo, el verbo ‘hablar’. En unos años, la RAE tendrá que incorporar a su diccionario una nueva acepción a las veinte que ahora tiene. Ya no será solo ‘emitir palabras’ o ‘comunicarse con otra u otras personas por medio de palabras’, que hasta la fecha se sobreentendía de viva voz, tendrá que incorporarse el matiz digitalizador que convierte el habla en escritura. 

Con las aplicaciones asociadas a los móviles y otros dispositivos electrónicos, se dice ‘hablar’, pero lo que se está haciendo es escribir y leer palabras en un caudal de incontables mensajes. Unos ‘hablan’ por ‘guasap’ encadenando textos, otros con twitter o mensajes de voz grabados a la espera de respuesta. Así, hasta las más inverosímiles opciones, tanto que han conseguido que en esta etapa de la humanidad se escriba y se lea más que en los siglos anteriores. Aunque suene a exageración, va camino de mutar la estructura corporal humana. Para ello, basta con subirse a un tranvía o a un bus y observar, o incluso paseando por la calle. La mayoría de la gente ha perdido la verticalidad, doblando la nuca, poniendo los ojos en la pantalla correspondiente. Son límites a nuestra bipedestación, esa que nos permite mirar al horizonte, ser antenas y radares, en posición erguida, sobre dos pies, teniendo una mirada del entorno capaz de hacerse cargo de las diferentes distancias. Hoy más de uno y de una no levanta la vista del cacharrico.

Tendremos que releer el ‘Fedro’ de Platón, donde se distinguía el habla, la oralidad, de la escritura, para pensar ahora la digitalización. Entonces la pregunta era qué fijaba la escritura, qué pasaba al convertir lo dicho del decir en textos escritos, qué se quedaba fuera, qué se perdía y dónde quedaba la memoria. Cuando una gran parte de la población se comunica mediante textos de ‘guasap’, correos electrónicos y otras opciones mediadas por la palabra escrita, tendremos que comenzar a repensar aquellas viejas conclusiones sobre este asunto clave asociado al cómo hablamos. Nos toca pensar qué pasa cuando decimos hablar pero solo leemos lo que alguien ha escrito… para después reaccionar escribiendo, como si solo esa fuera la opción correcta. Renunciado, por tanto, a llamar y hablar emitiendo las palabras pertinentes con los matices ilocutivos necesarios.

Con este cambio estamos haciendo una mudanza inconsciente de un cosmos -donde la racionalidad del Logos nos sacaba de la caverna- a otro en la nube donde ceros y unos -combinados con los algoritmos correspondientes- nos hacen perder la conciencia y el dominio de nuestra propia nuca. La palabra se hizo carne y ahora se está haciendo otra cosa.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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