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Opinión

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Piensa en verde

Por
  • José María Gimeno Feliu
ACTUALIZADA 17/12/2019 A LAS 02:00
Opinión
Piensa en verde.
HERALDO

Concluida la cumbre climática de Madrid parece oportuno hacer alguna reflexión sobre lo allí debatido. El cambio climático parece algo evidente y, en mayor o menor medida, la actividad humana tiene incidencia en él. Por ello, el debate y las propuestas de acción son necesarias. Se observa, sin embargo, que en este escenario, que por vocación debe ser especialmente científico, priman opiniones extremas (incluso disparatadas) que o niegan la existencia del cambio climático o se posicionan apocalípticamente. Y todo ello sin datos (o no contrastados) y con una justificación científicamente discutible. Así, nos encontramos con chamanes o nuevos profetas que advierten de los males futuros y con poca reflexión sobre soluciones creíbles y efectivas (de lo que bien ha advertido el profesor Alfonso Tarancón en este medio el 15 de octubre de este año). Poca ciencia y mucho ruido y efectismo –como no viajar en avión o utilizar solo el coche eléctrico de alta gama, opciones claramente inaccesibles para la casi totalidad de la población– o incoherencia (como el dudoso ejemplo de algún interviniente que no hace lo que predica, sino más bien lo contrario).

Lo que la sociedad necesita ante el reto derivado del cambio climático es determinar con rigor las causas, las consecuencias y cómo laminar de forma efectiva los efectos perversos que puede tener la propia actividad humana. Por supuesto que hay que ‘atacar’ los efectos de la contaminación optando por hábitos y actividades, tanto personales como industriales, que resulten lo más compatibles con el objetivo de mínimos residuos y emisiones. Y se debe invertir en políticas energéticas verdes, que permitan conciliar el interés de la menor contaminación posible con el crecimiento económico sostenible.

En esta línea, la Comisión Europea, en un ejemplo de ‘pensar en verde’, ha presentado el Pacto Verde Europeo, un ambicioso paquete de medidas que debe permitir que empresas y ciudadanos europeos se beneficien de una transición ecológica sostenible que traza el camino para una economía justa y socialmente equitativa. La finalidad es avanzar hacia fuentes de energía alternativas más limpias, fomentar una industria y una movilidad más sostenibles, proteger la biodiversidad y adoptar medidas que permitan, de forma rápida, reducir la contaminación.

Son tiempos de pensar y actuar en verde y no de gestos efectistas, vacíos de verdadero contenido, ni de nuevos dogmatismos ni religiones. Corresponde a la ciencia, en sus distintas disciplinas (también las sociales), analizar e interactuar para proponer las mejores soluciones y alternativas, buscando los necesarios equilibrios entre los distintos intereses en juego, sin desconocer que lo principal es preservar la calidad de vida de todos los ciudadanos y que, por ello, hay que diseñar alternativas realmente efectivas que se alinean con otras políticas (como la de combatir el problema de la España vaciada en el caso de España).

Y corresponde a los poderes públicos liderar la nueva ‘cultura verde’ que permita, desde la planificación, un nuevo escenario económico y social respetuoso con el medio ambiente. Lo que exigirá, además, coherencia en sus decisiones concretas. Sirva de ejemplo la contratación pública, donde, por vocación, la identidad verde debe ser ineludible, desplazando en la valoración de la ‘mejor oferta’ la habitual tendencia al precio como elemento preferente de asignación del contrato. O medidas regulatorias que fomenten la economía circular.

En definitiva, más ciencia, más coherencia, más educación y menos ingenuidad y más política activa que ayude a pensar en verde (sin olvidar el impacto social) para actuar en verde y avanzar hacia un modelo de sociedad y economía compatible con las exigencias de la mejor sostenibilidad ambiental y social posible. Este es el gran reto.

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