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Opinión

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Dejar marchar

ACTUALIZADA 07/12/2019 A LAS 02:00
El grupo de estudiantes, junto a más jóvenes, en la Navidad de 1999.
El grupo de estudiantes en la Navidad de 1999.
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A través de un grupo digital en el que he sido bienintencionadamente incorporado, me ha llegado la propuesta de un encuentro navideño, acompañada de una fotografía en la que figuro junto a varias personas de las que hace tiempo que apenas sé nada. Mientras repaso los joviales rostros de la imagen, pienso en los afectos que fueron quedando atrás, como quien no quiere la cosa, sin rupturas ni despedidas.

La tarde, otoñal y tenuemente lluviosa, es idónea para la melancolía. Selecciono ‘Gotas de lluvia cayendo sobre mi cabeza’. Cuando deja de sonar, el algoritmo de la aplicación musical me lleva a otras canciones acordes con mi ánimo. Me conmueve especialmente la balada, a ritmo de vals, ‘El hombre con el corazón herido’, en la que Georges Moustaki da fe de que "día tras día, los días se van, dejando la vida al abandono", y se pregunta "¿dónde se fueron los amigos, con sus risas y sus canciones?".

Como no hubo desafectos, ni desavenencias, me ilusiona creer que sería estupendo retomar aquellas viejas relaciones. Sin embargo, me digo también que las fechas navideñas, tan llenas de compromisos, no son el mejor momento. Y decido poner una excusa para no acudir a la cita con la gente de la fotografía. Entonces, le doy un giro al algoritmo y escucho ‘No lo pienses dos veces, así está bien’, de Bob Dylan. Y luego me dejo consolar por otro clásico popular, ‘Déjalo estar’, de Paul McCartney, con su leve toque de John Lennon. 

Al caer la tarde, concluyo que hay que dejar marchar a quien se va, cuidar a quien está y recibir con todos los honores a quien esté por llegar.

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