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Opinión

en nombre propio

Doña Adela

Por
  • Ana Alcolea
ACTUALIZADA 04/12/2019 A LAS 02:00
La pirámide de la población en España refleja a necesidad de realizar cambios a varios niveles con el fin de contar con estabilidad económica.
"Dejamos en sus manos a nuestros mayores".
Pexels.

Doña Adela se va. Todos nos vamos muchas veces en nuestra vida. Pasamos muchos de nuestros momentos despidiéndonos. De los demás, de los lugares que habitamos o visitamos, de los nosotros que vamos siendo a cada rato que pasa. La vida es una sucesión de despedidas. Basta con mirarnos en el espejo y ser conscientes del reflejo que vemos cada día, el mismo y cambiante como las olas del mar.

Doña Adela se marcha a su país, del que se despidió hace diez años. Diez años en los que ha vivido despidiéndose de familias a las que ha atendido, de moribundos a los que ha ayudado a bien morir. El carácter de doña Adela está tejido con raíces de ausencias y de resistencia, con la dignidad de quien sabe que su trabajo ayuda a los de acá y a los de allá. Sus brazos son fuertes como los de tantas señoras como ella que sujetan los años y las demencias de ancianos que vivieron tiempos mejores. Vienen de allende el océano, dejan país, familia y casa. Su primer viaje es cruzar solas el mar, y luego buscar trabajo y papeles: sin papeles no hay trabajo y sin trabajo no hay papeles. Conseguir por fin papeles y trabajo. Vivir a nuestro lado, pero no con nosotros. Su presencia nos recuerda que los demás somos héroes de vodevil. Ayudan a los de acá, que dejamos en sus manos a nuestros mayores. Y ayudan a los de allá para que se rompa la cadena y no tengan que cruzar el mismo océano para ser, también ellos, demasiado expertos en despedidas. Yo no me quiero despedir de Adela. Solo quiero decirle: gracias. 

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