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Opinión

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Un relato compartido

ACTUALIZADA 01/12/2019 A LAS 02:00
La propaganda independentista debe combatirse con un relato coherente.
La propaganda independentista debe combatirse con un relato coherente.
Viticor

Tras escribir el inesperado fenómeno literario ‘Imperiofobia y leyenda negra’, María Elvira Roca Barea logró el Premio Espasa de Ensayo 2019 con ‘Fracasología’. El último libro de esta profesora y filóloga de formación repasa, explica y descubre las razones sobre algo considerado tan español como es la nube negra de prejuicios que ha acompañado al relato histórico nacional a lo largo de los últimos siglos. Afectados por un extendido menosprecio del que no se ha librado e, incluso, ha cultivado una gran parte de la intelectualidad española, Roca Barea explicaba hace unos meses en ‘El País’ cómo "una parte significativa de las élites españolas asumió el discurso de la leyenda negra porque era el discurso ganador desde el siglo XVIII en toda Europa".

Gestionar y dar forma a la autoestima de un país, al tono vital de un proyecto político, no es una tarea sencilla: solo puede lograrse de manera coral. La lucha contra el relato falseado de lo dramático, de la ofensa o de la subyugación de las minorías, siempre resulta costosa porque la propaganda cuenta con un atractivo encofrado de emociones. Moldear las reacciones y crear un clima social propicio es un ejercicio preciso y calculado que se escapa con demasiada facilidad del frágil campo de la verdad. Las noticias falsas, las ‘fake news’, y los relatos de parte logran imponerse si la defensa de los hechos queda depositada en manos del descuido o de la corriente natural que dibuja la despreocupación ante la mentira.

Una de las evidencias más claras de esta falta de atención ante la falsedad quedó explicada el pasado miércoles por el fiscal del Tribunal Supremo Javier Zaragoza. Invitado por HERALDO, Zaragoza señaló que "el aparato propagandístico de los independentistas (catalanes) funcionó y nuestra respuesta no fue suficiente". El fiscal del ‘procés’ insistió en que "si lo que se conoce fuera de España es solo su relato, cuestionando nuestra democracia y calificándola de franquista, hay que contrarrestarlo. Hay que hacer un contrarrelato que tenga más peso que el de ellos".

Los hechos se trasladan con mayor facilidad desde la autoestima y la confianza personales. No cabe duda de que creer en las instituciones, en su capacidad para la resolución de conflictos, es un excelente mecanismo para construir un relato ordenado y prudente sobre un país. Habrá que analizar qué ha ocurrido a lo largo de estos años para que se haya quebrado esa idea que debería ser compartida y qué parte de responsabilidad tienen aquellos que han preferido explicar la realidad desde los extremos, alejándose de la convivencia. 

El hábil trabajo del secesionismo catalán ante la opinión pública europea y española -persistente, tal y como pudo comprobarse en Jaca por parte de la consejera de Presidencia de la Generalitat, Meritxell Budó, que lanzó un "recuerdo especial" para los miembros del anterior gobierno catalán, "que se encuentran en prisión o en el exilio" en el acto de traspado de la Comunidad de Trabajo de los Pirineos- no se frena desde el exceso, sino desde un relato firme y compartido que solo ha podido descubrirse intermitentemente a lo largo de estos meses. Este relato, al que se llega desde el acuerdo de las fuerzas democráticas, no solo sirve para enfrentarse a la propaganda, sino para abordar la cuestión catalana desde un análisis común que ofrezca respuestas conjuntas y no alternativas partidistas fuera del consenso. 

La imagen y la reputación de un país, ahora que con mayor frecuencia se habla de las democracias iliberales -aquellas que sufren un sistema de baja calidad o tono democrático-, es una doble cuestión que exige una cuidada y constante atención plagada de matices que no puede quedar al calor de la oportunidad. 

miturbe@heraldo.es

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