Despliega el menú
Opinión

la firma

A picaraza

ACTUALIZADA 28/11/2019 A LAS 02:00
Opinión
‘A picaraza’ de mi barrio da la impresión de ser la reina del lugar...
Pixabay

De crío, siendo bien ‘chicorrón’, mi abuelo Elías, me enseñó el nombre de los pájaros. ¡Se sabía la lista de todas las aves! Eso pensé entonces. Mi abuelo era guarda forestal. Conocía bien el monte, los árboles y los animales. Me llevaba de su mano a pasear. Recorrimos sendas que para mí eran incontables e inmensas. Recuerdo la sensación de caminar junto a plantas y arbustos de alturas gigantescas. Años después comprobé que era cuestión de perspectiva. La altura de los ojos ‘atalaya’ el mundo desde un ‘puesto’ y no de otro. La dimensión de aquellos ‘barzals’, ‘aligars’, ‘buxos’ y ‘caxicos’ cambió con mi estatura.

Además, paseando descubrí cómo cada ‘tajadera’ tenía su papel en ‘a zequia’. Eran piezas clave para conducir el agua que venía del río para regar ‘l’ortal’. Cada bifurcación producía distintos efectos. Nunca me lo explicaron, simplemente lo viví. Yayo no era muy hablador, gastaba las palabras justas. Pero iba poniendo nombres a las cosas y a la vida del mundo cotidiano. Así aprendí a identificar matas, ‘pesquitos’ y bichos de tierra y pluma. Pero después, en la escuela, encontré que no había ‘cardelinas’, ni ‘tariles’, ni ‘esparbels’, ni ‘borbuts’, ni ‘bubons’, ni ‘gurrions’, ni ‘boletas’, ni ‘aucas’, ni ‘tordolas’, ni ‘cuculos’, ni ‘grallas’ ni tantos otros. Era algo raro, el mundo se ordenaba de otro modo.

Luego comprendí, de la mano de mi padre, que aquello que hablábamos era una lengua distinta. Como las ‘marrosas’ que mi abuelo veía en el monte, esos corros de árboles que se diferencian del resto. La educación general básica fue arrinconando y suplantando ese cosmos cotidiano. Por fortuna, no se terminó de borrar lo vivido en la infancia. Aquel rescoldo, ‘o calibo’, tiene algo que perdura y permite explicar mejor lo que se siente. Las ‘garrampas’ no son exactamente igual a los calambres, por mucho que el diccionario de la RAE indique que las primeras son un aragonesismo equivalente a los segundos. Fueron vivencias y palabras que siguen sirviendo para expresar emociones, sucesos y relaciones. Y también sirven para recuperar metáforas asociadas a aquellos juegos de lenguaje. Son mecanismos que van más allá del proceso de comunicación, hacen que uno se encuentre consigo mismo. O dicho de otra manera, cumplen con la función de entenderse con los demás, con los otros, pero también con uno como si fuera un otro.

En ese ir y venir, — entre sensaciones, palabras, emociones y recuerdos— cuajan las metáforas de la vida cotidiana. Por eso, cuando ahora en Zaragoza, en el barrio, veo una pareja de ‘picarazas’ se activa una porción de aquellos saberes aprehendidos. ¿Qué hacen en la ciudad? ¿De dónde han salido? ¿Será que han migrado para hacerse urbanitas? Quién sabe, ¿estarán ahí haciendo de las suyas? A la vez, encienden mi memoria.

Aprendí que ‘picaraza’ es un pájaro con plumas, pero también un personaje astuto y sin escrúpulos, causante de daños de todo tipo. Por eso el primero se perseguía y se esquilmaba sin recato. Pero también se admiraba. Son inteligentes a su manera. Aprenden y parece que tienen unas estructuras cerebrales más sofisticadas que otros bichos con alas. De hecho, de crío escuché el caso de un vecino que había enseñado a decir palabras a una ‘picaraza’ criada en casa. Luego supe que no es tan extraño, no era una invención local. Parece que ‘as picarazas’ tienen un encéfalo que permite observar y aprender más y mejor que a otras aves. Se adaptan a su entorno e incluso se apropian del espacio según sus necesidades. ‘A picaraza’ de mi barrio da la impresión de ser la reina del lugar. Ha perdido el miedo y la desconfianza que tenían sus parientes del pueblo. Guarda su distancia, pero da la impresión que en unos años se dejará acariciar. Pues nadie las persigue. Aunque éstas, como las del pueblo, son capaces de robar todo tipo de cosas, llevarse objetos a su nido y acumular riquezas incomestibles. Mientras tanto no dudan en predar y saquear lo que sea menester. No tienen problemas en merendarse una nidada de competidores, comer pan o alpiste si es que el hambre aprieta. Hoy lo más curioso, es que se acercan a los humanos de ciudad sin miramiento y con soberbia. Han aprendido y aquí las llaman urracas.

Etiquetas