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Opinión

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Ratificar el pacto

ACTUALIZADA 24/11/2019 A LAS 02:00
Sánchez busca en sus propios militantes el respaldo para sus decisiones.
Sánchez busca en sus propios militantes el respaldo para sus decisiones.
POL

Resulta curioso descubrir cómo el foco de la atención mediática se ha movido velozmente de las elecciones generales a los procesos internos de votación de los partidos sin detenerse en la sentencia de los ERE. Tan solo dos semanas después del 10-N parece cobrar más importancia lo que decidan las militancias de PSOE, Unidas Podemos y ERC sobre el pacto entre Sánchez e Iglesias que el resultado obtenido tras escrutar cerca de 24,3 millones de votos. Cada partido se enreda y complica con su militancia a voluntad. Los procesos internos, revestidos de transparencia y añadido electoral, nacieron como confirmación de lo poco democráticas que son las estructuras de los partidos. La militancia, recluida en un pequeño espacio, estaba acostumbrada a aplaudir y el aparato, a gobernar a capricho. Los partidos administran su soberanía como consideran oportuno, decidiendo cómo y hasta dónde alcanzan sus mecanismos internos. Discuten sobre lo propio sin entrometerse en aquello ajeno a su competencia. Quién y cómo les representa es un asunto interno pero, ¿qué ocurre cuando deciden sobre cuestiones que terminarán por afectarnos a todos? 

La consulta a la que ha sido llamada la militancia del PSOE, ideológicamente más a la izquierda que los votantes, despierta todo tipo de interpretaciones cuando se convierte en necesaria justo después de unas elecciones. Internamente contará con la validez que los socialistas quieran concederle -en especial cuando el viernes se conocía que se habían pactado con ERC las condiciones para abrir la negociación de la investidura de Sánchez-, pero el refrendo que ayer otorgaron las bases, por abrumadora mayoría, se solapa con la digestión que aún se está haciendo de las generales. 

Con 120 diputados Sánchez cerró el acuerdo con Unidas Podemos desde el respaldo logrado por los más de 6,7 millones de votos, de los que la militancia tan solo representa una pequeña parte (sobre 178.000). El resultado de las generales, sin mayorías suficientes, obligaba a la negociación. La voluntad de los votantes hablaba de la puesta en marcha de un ejercicio de diálogo liderado por los socialistas. Nada de esto ha ocurrido. La tradicional ronda de contactos entre formaciones, más que necesaria tras la aparición de un Congreso tan fragmentado, quedó suprimida por un cambio de postura y un pacto con Unidas Podemos que se ha buscado sea ratificado por la militancia mientras se orilla a los millones de votantes socialistas. 

Este acomodo a voluntad de los procesos electorales internos de los partidos, que los dirigentes han convertido en necesarios y que parecen querer completar el modelo de representación y delegación parlamentaria que emana de unos comicios, aparte de las muchas dudas sobre la formulación de sus preguntas o sobre el control del censo, como en el caso de Unidas Podemos, solo sirve para medir la temperatura de una formación. Es decir, para calibrar el apoyo a los bandazos y los cambios de opinión y dar ajustada medida de lo amarrado que se tiene el partido.

Los españoles, que no parecen muy dispuestos a una repetición electoral, desean un gobierno lo antes posible. Un ejecutivo con capacidad para tomar las riendas del país que haga descansar en el Parlamento el peso sus decisiones. Se vota conforme a la atención que despierta un programa y un discurso político, pero nunca pensando que, llegado el caso, un presidente en funciones solo buscará en los propios el respaldo a sus decisiones.

miturbe@heraldo.es

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