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Opinión

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¿Dónde quedó la solidaridad?

ACTUALIZADA 16/11/2019 A LAS 02:00
Material para distribuir de cara a los comicios, en un centro logístico.
Material electoral.
Chema Moya / Efe

El debate izquierda/derecha articuló la política del siglo XX. Las elecciones del pasado domingo evidencian que está cambiando. Frente a los valores clásicos de igualdad o libertad, siguen avanzando los relatos nacionalistas, victimistas y particularistas.  

La utopía constituye el motor de la historia. Sin ella la Humanidad se hubiera detenido en un pasado bárbaro y la vida de los seres humanos sería un viaje desnortado. No obstante, la realidad no invita hoy a ser muy optimistas. Javier Gomá sostiene que la filosofía ha desertado en las últimas décadas de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad. Entre las causas de esta deserción destaca precisamente la alergia a todo lo que suene a utópico. Los crímenes contra la Humanidad perpetrados por los totalitarismos, desde el Holocausto al Gulag, se cometieron en nombre de una utopía, como denunció Popper en ‘La sociedad abierta y sus enemigos’.

Esta tendencia de rechazo a los grandes relatos se ha visto potenciada por la hegemonía desde finales del pasado siglo del denominado ‘pensamiento único’. A partir de 1989, la caída del Muro de Berlín dio paso al anuncio de la ‘muerte de las ideologías’: la Historia ha terminado, dijeron los nuevos profetas, porque el liberalismo se ha impuesto como «el último paso de la evolución ideológica de la humanidad» (Fukuyama). Se impuso el relato neoliberal, pero el neoliberalismo financiero saltó por los aires en 2008 y Occidente entró en una aguda recesión económica, cuya mala gestión ha acabado generando el auge del autoritarismo que vivimos en la actualidad.

La pauperización de las clases medias ha debilitado la democracia liberal y el contrato social. Por eso están en crisis tres grandes relatos que hunden sus raíces en la solidaridad: la socialdemocracia, el cristianismo y el europeísmo. A cambio, crecen las olas centrípetas. En su versión radical: la del populismo ultranacionalista e insolidario de Trump, Johnson, Puigdemont, Torra y otros líderes que excluyen el pluralismo liberal. Y en su versión reivindicativa: la de los localismos que se ven olvidados y marginados por la globalización, sea en el Reino Unido, Bélgica o España (gallegos, turolenses, cántabros, canarios…).

Los relatos egoístas (‘América, primero’, de Trump, o el ‘brexit’) han calado en todo Occidente y han abierto un cisma en torno a la solidaridad en muchas sociedades: entre el interior de los países y la costa, entre la ciudad y el campo, entre el norte y el sur, entre jóvenes y mayores, entre los principios excluyentes de la extrema derecha y los valores fundacionales de la UE, entre el conflicto y la cooperación, entre el egocentrismo y la integración social.

Los de hoy son malos días para todas las reivindicaciones humanas que se basen en la solidaridad, la fraternidad, la inclusión social y la cohesión territorial. El éxito de la extrema derecha en América y también en Europa es que ha conseguido arrinconar el tradicional debate de la desigualdad y que todo gire ya en torno a la pugna identitaria. Los temas que hoy acaparan el debate político en España son un buen ejemplo: tensiones territoriales, independentismo catalán, nacionalismo español, recentralización autonómica o competencia fiscal entre comunidades.

Tanto las tradicionales fuerzas de izquierda como las de derecha tienen su responsabilidad en este secuestro del debate público. Pero aún más las primeras porque la izquierda siempre ha sido internacionalista y solidaria, lo son sus símbolos y su manera de concebir el mundo. Por eso algunos de sus más conocidos teóricos como el catedrático Mark Lilla han denunciado que uno de los errores de la socialdemocracia fue abandonar la defensa de la clase trabajadora para aplicar políticas de identidad (minorías, homosexuales, feminismos…). Frente a los discursos ultranacionalistas, victimistas, de queja y reclamación egoísta, hay que reivindicar el bien común, la ciudadanía igualitaria, el pegamento social de los valores cívicos (Savater).

Uno de los filósofos esenciales del último siglo, Jürgen Habermas, plantea que el criterio para discernir cuándo una exigencia es justa no es la intensidad del griterío en la calle o en las redes (ni siquiera los escaños en el Parlamento), sino comprobar que satisface intereses universalizables.

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