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Opinión

la firma

El capitalismo y las emociones

Por
  • Francisco Bono Ríos
ACTUALIZADA 15/11/2019 A LAS 02:00
La mala política deja secuelas en la economía.
La economía capitalista, basada en la libertad, dispone de palancas para rectificar los problemas y las desigualdades.
HERALDO

A raíz de las secuelas de la última crisis económica han arreciado las voces críticas al capitalismo de libre mercado; unas voces –las de siempre– que aprovechan cualquier circunstancia para reafirmar su rechazo al sistema, y otras –totalmente comprensibles– por haber sufrido muy directamente el impacto de las perturbaciones. Dado que ello ha coincidido con la irrupción en la sociedad de fuertes debates sobre numerosas cuestiones, se ha creado un fuerte estado de opinión acerca de que nos enfrentamos inevitablemente a un cambio de era, aun sin saber muy bien qué significa eso realmente.

En efecto, los desafíos con que se enfrenta el planeta son de elevada magnitud y si algo caracteriza hoy día a todas las sociedades es el desconcierto y un incierto porvenir en el que sobrevuela un gran dilema: ¿Es sostenible hoy día el sistema capitalista, tal como está concebido?, ¿hay alternativa, teniendo en cuenta la nefasta experiencia histórica o algunos ejemplos actuales de los modelos de economía planificada? Lógicamente, este modesto firmante no se plantea ofrecer aquí la solución a semejantes dilemas, pero creo oportuno hacer algunas reflexiones.

En primer lugar, debe aceptarse que problemas como la desigualdad, la precariedad laboral o cualesquiera cuestiones que quebrantan a una sociedad y cuestionan la pervivencia del sistema, junto al hecho de la inevitabilidad cíclica de las crisis, no son novedosos ahora, sino que son inherentes a la historia de la humanidad.

Dejando aparte épocas ya muy lejanas , hay que recordar –entre muchos relatos– las obras de Dickens o ‘Los miserables’ de Victor Hugo, que ya mostraban la crudeza de las condiciones sociales de la época. Y que renombradas teorías como la ‘ley de hierro de los salarios’, formulada a finales del siglo XVIII pero que parece pensada para hoy mismo (según ella, los salarios reales tienden al nivel mínimo de forma natural) o los augurios de Malthus mostraban un escenario social demoledor. Y qué decir de la revolución industrial nacida en Inglaterra, que provocó –por sus grandes desigualdades– el gran estallido del marxismo, con el resultado final sobradamente conocido. O la gran crisis provocada por el crac de 1929 de la Bolsa de Nueva York.

Pero también es preciso recordar, a continuación, que siempre aparecieron dos tipos de aportaciones. De un lado, los creadores de utopías, que acabaron en notorios fracasos; pero de otro lado, grandes pensadores que con mucho acierto propusieron soluciones con sus teorías, adaptando propuestas a la realidad de cada momento. Hablamos de Adam Smith, o de David Ricardo, o de John Maynard Keynes, o de una larga lista de intelectuales con mayúsculas a quienes les unía una preocupación común: la búsqueda de nuevos equilibrios ante los nuevos problemas.

Y todo ello, bajo unas premisas también comunes, como son: que si la libertad es un valor inherente a las personas, la economía no puede ser una excepción, que el liberalismo de mercado proporciona el mayor desarrollo social frente a sistemas alternativos, y que el sistema tiene suficientes palancas para encontrar los equilibrios (y por tanto reducir las desigualdades) que en cada fase de los ciclos pueden haberse perdido.

¿Estamos ahora en una situación en la que el propio sistema capitalista puede reconducirse, al igual que ha sucedido en la historia? Hay opiniones que abogan por un ‘nuevo contrato social’, pero no parece lo más operativo, ya que en la actualidad requeriría un compromiso a escala planetaria. Lo que no deja de ser una quimera... en el pasado, en el presente y me temo que también en el futuro.

Al actual estado de confusión debe añadirse una dificultad adicional, como es que los líderes políticos conservadores no suelen incluir los aspectos emocionales en sus planteamientos y en su comunicación con los ciudadanos.

"Los liberales deben poner más corazón y menos resultados en sus argumentos". Esta frase que corresponde a Arthur Brooks, presidente del American Enterprise Institute, refleja una realidad verificable día a día: Hablar a los ciudadanos del PIB, del déficit, de la población activa y de otros indicadores estadísticos es útil, pero ni mucho menos es suficiente para ser convincente. No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero al menos una cosa deben tener clara los líderes: Los sistemas liberales y democráticos, a diferencia de otros, no se conquistan por la fuerza sino por la convicción... y ello incluye inevitablemente las emociones.

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