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Opinión

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Indecisos, pero participativos

ACTUALIZADA 10/11/2019 A LAS 02:00
Las urnas llegan a los colegios electorales
Las urnas llegan a los colegios electorales
Efe

Renegamos de los políticos, pero nos gusta la política y, aunque crece la indecisión, no renunciamos a participar en los procesos electorales. Esta sería la foto rápida de una España que hoy está citada nuevamente con las urnas, convencida desde una cierta fatiga de la necesidad de lograr un gobierno estable y que, si las encuestas no se equivocan, sí se prevé que pueda existir un ajuste a la baja en la participación en relación con los últimos comicios.

Votamos más cuando más urgidos e interpelados nos sentimos o cuando detectamos que nos encontramos ante una cita histórica u olisqueamos, mucho antes que las encuestas, la llegada de nuevos vientos. Así, hay más votos en las generales que en las europeas o cuando, tal y como ocurrió en las pasadas elecciones de abril tras la moción de censura de Pedro Sánchez se logró una mayor movilización por parte del PSOE para certificar un cambio. La participación, que tanto preocupa a los partidos, se busca e incentiva y agitar las banderas del miedo o las amenazas que representa el contrario actúa siempre como una activa estrategia para buscar la excitación y el concurso del votante, aunque, por regla general, solo refleja la preocupación ante un mal pronóstico.

Elección tras elección los expertos aseguran que una mayor participación siempre es sinónimo de un buen resultado para los partidos de centro izquierda. Existe el convencimiento de que los votantes de centro derecha no entran y salen de la abstención con facilidad y que, por norma, se muestran más dispuestos y constantes a la hora de ejercer su derecho al voto. Hay abstencionistas convencidos, críticos con el sistema o, sencillamente, decepcionados, y todos ellos conforman un bloque con una definición más o menos estable. Pese a ello, lo habitual es que de la abstención se salga, que tan solo sea una estación de descanso que tras pasar un tiempo vuelve a poner en juego al votante.

En España se vota mucho más que en otros países occidentales, aunque la madurez democrática nos ha hecho más indecisos. A pocos días de las elecciones, las dudas continuaban asaltando a los votantes. A falta de una semana, cerca del 19 por ciento de los electores aragoneses aún no tenía claro por qué partido inclinarse y, tal y como asegura el CIS, en la misma jornada electoral (un 4,7 por ciento el pasado 28 de abril) son muchos lo que deciden el voto. Dudamos mucho y no solo porque ahora existan más partidos donde elegir, sino porque en paralelo convivimos con un fenómeno de desideologización. El voto se madura de manera bien distinta que al comienzo de la Democracia. Son diversos los estímulos y a la toma de decisión se han incorporado el enfado y el castigo, dos de los causantes de los grandes movimientos y migraciones de voto de los últimos años. Podría decirse que vivimos inmersos en un gran disgusto colectivo producto de la falta de entendimiento de los políticos, pero el voto continúa siendo la mejor herramienta para corregir nuestro malestar.

En la decisión del voto todo ayuda y todo influye. Junto a los medios de comunicación, la familia y los amigos también se encuentran los debates. Así, el organizado el pasado lunes por la Academia de la Televisión logró una audiencia de 8,6 millones de espectadores. Con una capacidad de influencia innegable, aunque con mayor éxito de audiencia cuando se formula como un cara a cara, este formato permite descubrir a los candidatos en contraste y confrontación y continúa funcionando como un gran punto de inflexión en toda campaña electoral.

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