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Opinión

la firma

Vivir tras el Muro

ACTUALIZADA 09/11/2019 A LAS 02:00
Soldados alemanes levantando el muro, ante el asombro de los ciudadanos.
Soldados alemanes levantando el muro, ante el asombro de los ciudadanos.
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Procedía de la entonces comunista Hungría, donde había colaborado a la apertura de nuestra representación consular. En España eran aún tiempos del gobierno franquista. Al llegar a la frontera interalemana, percibí que entraba en un mundo más intransigente dentro del bloque del socialismo real. A la pregunta del ‘Grepo’ (policía de fronteras) sobre mi destino, Berlín Este, me corrigió diciendo ‘in die Haupstadt der DDR’ (viaja a la capital de la RDA). Para los alemanes orientales no existía una ciudad dividida en dos –Berlín Oriental y Occidental, solo valía Berlín como capital de la República Democrática Alemana (RDA).

En esa época, presidía el país Walter Ulbricht y aún se veía por todas partes la destrucción causada por la guerra. Me quedó grabada en la memoria la cúpula ahuecada, con los tirantes de sujeción retorcidos, que coronaba la catedral protestante (‘der Dom’). Camino del Hotel Unter den Linden, donde el gobierno había albergado las embajadas de los países que habían reconocido a la RDA tras la firma del ‘Tratado Básico’, que establecía relaciones entre los dos estados alemanes, contemplaba una ciudad de poca enjundia urbana y escaso movimiento. Era la capital de un estado deseoso de ser reconocido internacionalmente, ya que solo siete estados no comunistas lo habían hecho cuando llegó España, para ellos un país fascista, pero que se sumaba a la lista a aumentar rápidamente. Estaban preparando viviendas para funcionarios y oficinas. Del Unter den Linden, donde pasamos casi un año, pasaron la embajada a un piso en la Clara Zetkin Strasse, frente al instituto de biología en el que había trabajado y descubierto Koch su famoso vacilo.

Berlín Este contrastaba con hermana occidental por una población empobrecida, que no moría de hambre, pero tampoco disfrutaba ni del mínimo lujo. La penuria se preciaba en las bolsas de malla que llevaban siempre sus gentes por si se topaban con un puesto que ofrecía de tanto en tanto plátanos cubanos o las raras naranjas españolas. Fue un espectáculo que me chocó. No había grandes galerías y el único gran supermercado, cercano a la Alexanderplatz, llevaba el nombre de Zentrum más por la ubicación que por la variedad y abundancia del género que ofrecía. No podía competir ni de lejos con los grandes almacene KaDeWe de Berlín Occidental.

La gente vivía en la rutina y la monotonía del trabajo, procurando evadirse de la ideología que los adoctrinaba a través de la radio y de la televisión, especialmente de los noticiarios de la ‘Aktuelle Kamera’, que seguían desde sus pisos diminutos de bloques, imitando la arquitectura soviética, que se alzaban en largas avenidas, como la Frankfurter Allee o en los nuevos barrios. No faltaban ni vivienda ni comida, todo muy sencillo. El ocio solía cubrirse con la práctica del deporte, los teatros y la ópera. En Berlín Este había dos óperas y una decena de teatros y el país, enclaustrado en sus fronteras amuralladas, fomentaba el deporte, aunque a veces trataba a sus atletas con barbitúricos que hasta masculinizaban a las mujeres. Cultura y deporte eran sus tarjetas de visita frente al mundo capitalista.

Quisieron los comunistas orientales hacer de su capital un escaparate de las bondades del mundo socialista en competición con el capitalista. Siempre quedaron muy por debajo de sus hermanos alemanes occidentales. Incluso cuando se empeñaron en bloquear los accesos a Berlín Oeste y los americanos, a través del famoso puente aéreo, tuvieron que proveer a la ciudad de todo lo necesario para sobrevivir. Rusos y alemanes orientales tuvieron que rendirse y suspender esa estratagema. Desgajados del mundo occidental estaban los berlineses del oeste, ya que el este de la ciudad estaba unido a la RDA. Pero nadie podía abandonar ese sector oriental, porque estaba supervigilado por una policía rígida y adoctrinada provista de perros que caminaban a lo largo del muro de torretas alineadas ocupadas por centinelas que no dudaban en disparar al que pretendía escapar del paraíso comunista.

Los únicos que disfrutaban de una vida placentera y de lujo eran los miembros del comité central y del politburó del Partido, que disponían de un barrio con chalets, restaurantes, supermercados y cines propios. Eran tan intocables que cuando el secretario general Honecker iba a la sede del comité central se cerraban al tráfico las calles que recorría. Así pasó el tiempo hasta la llegada de la perestroika y de la glasnost soviéticas, promovidas por Gorbachov, que ocasionaron un cambio esencial en la historia del mundo y que acabaron con el Muro de la vergüenza. No tuve ocasión de vivir la caída del Muro, sino solo sus prolegómenos. Los coletazos finales del régimen de la RDA me cogieron en Roma. Me había marchado dos años antes, en 1987.

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