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Opinión

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Ratones blancos

Por
  • Julio José Ordovás
ACTUALIZADA 06/11/2019 A LAS 02:00
Los libreros tendrán que empezar a buscar las obras de los dos Nobel de este año.
Estantes de una librería.
José Miguel Marco

La primera novela ‘seria’ que me compré, con mi dinero, fue ‘Tiempo de silencio’. Había acudido a Zaragoza con mi padre para hacer algún tipo de gestión. Hacer la gestión y alguna compra nos llevaba poco rato; el resto del tiempo, hasta que regresábamos al pueblo, lo pasábamos de bar en bar.

Cuando mi padre no encontraba aparcamiento, dejaba el coche en doble fila, se metía en un bar y yo me quedaba al cuidado del coche. Mi padre podía tardar, tranquilamente, más de una hora en volver del bar, tiempo que yo aprovechaba para merodear por los alrededores sin perder el coche de vista. Aquel día tuve la suerte de que mi padre aparcara junto a una librería y, en cuanto él cruzó la puerta del bar, yo salí del coche, entré en la librería y me compré la novela de Luis Martín-Santos atraído, seguramente, por los ratones blancos de la cubierta de Seix-Barral.

Tendría entonces no más de trece años y no estaba preparado para leer una novela tan ‘seria’ como aquella, pero hay en ella una línea que no he podido quitármela de la cabeza desde que la leí entonces: "Un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre".

Tiene razón Luis Martín-Santos cuando escribe que "un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota". Pero no estoy de acuerdo con él cuando dice que un hombre puede sufrir o morir pero no puede perderse en una ciudad. Yo me he perdido muchas veces en Zaragoza.

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