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Opinión

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Escuela de terroristas

Por
  • Miguel Peco Yeste
ACTUALIZADA 02/11/2019 A LAS 02:00
Destrozos causados en Barcelona por la violencia callejera.
Destrozos causados en Barcelona por la violencia callejera.
Jesús Diges / Efe

Las escenas que hemos visto en Barcelona y otras ciudades catalanas hace solo unos días recuerdan sin duda aquellas algaradas callejeras en el País Vasco y Navarra de hace unos años. Como dato de referencia, entre 1987 y 2006 se contabilizaron más de 7.000 episodios de violencia callejera protagonizados por grupos afines e incluso vinculados a la ETA, y se calcula que a partir del año 2000 el 90 por ciento de los líderes de esta organización procedían de dichos grupos. La consideración de la ‘kale borroka’ como auténtica escuela de terroristas estaba más que justificada.

Que algunos continúen poniéndose de perfil o, todo lo más, mostrando un tibio rechazo a este tipo de violencia, constituye una auténtica irresponsabilidad cuando no algo más grave. La vinculación entre el ejercicio de la violencia callejera y la posterior militancia en grupos terroristas no fue un fenómeno aislado propio del entorno de la ETA. Por el contrario, investigaciones recientes señalan que el trasfondo de creencias o ideología asociadas al proceso de radicalización es secundario y solo introduce diferencias de carácter técnico.

En efecto, grupos radicales como los que se han mencionado anteriormente constituyen contextos extremadamente favorables a la hora de consolidar y progresar en el ejercicio de la conducta violenta. Por un lado, desde el punto de vista de las vivencias del individuo radical, se trata de situaciones atractivas, estimulantes e incluso con un matiz transcendente. Los activistas que desarrollan este tipo de violencia no se ven a sí mismos como delincuentes, sino como auténticos luchadores por la libertad de un pueblo supuestamente oprimido. Pero, por otro lado, también se trata de situaciones relativamente seguras y a las que resulta fácil acceder: nunca ha sido tan sencillo tratar de cambiar el mundo sin poner la vida en riesgo ni estudiar o trabajar durante años. En definitiva, ejercer la violencia en estas condiciones es atractivo, excitante, sencillo, seguro y hasta divertido. Un cóctel explosivo y muy alejado de ese cuadro de rabia, frustración y sacrificio individual ante supuestas injusticias que muchas veces se nos intenta transmitir. 

Llegados a este punto, alguien podría argumentar que existe un salto cualitativo importante entre quemar contenedores o lanzar cócteles molotov a la Policía y cometer asesinatos a sangra fría. No es cierto; el terrorista no nace, sino que se hace. El salto desde lo que se ha llamado violencia de baja intensidad hasta la comisión de asesinatos a sangre fría es meramente cuantitativo y perfectamente factible una vez que el individuo ha iniciado su proceso de radicalización. Las barreras éticas, si es que existen, caerán una tras otra y las convicciones del individuo serán cada vez más permisivas en lo que respecta al uso de la violencia. Si bien es cierto que la probabilidad de que un individuo aislado cruce las sucesivas líneas rojas y pase a la clandestinidad es escasa -los factores disuasorios también influyen-, dicha probabilidad queda suficientemente compensada disponiendo de un amplio abanico de individuos en las mismas condiciones. Y con que unos pocos de ellos se organicen y decidan crear una estructura para atentar, es suficiente. El resto solo es cuestión de recursos y habilidad técnica.

En definitiva, focos de radicalización puede surgir de manera natural una vez que se dan ingredientes tales como la creencia de que es posible llevar a cabo acciones violentas de manera relativamente segura, la posibilidad de interacción con otros activistas, de forma que se puedan compartir y alentar expectativas, y una referencia que proporcione guía, identidad y narrativas apropiadas. Pues bien, estos ingredientes existen actualmente en el contexto de la crisis política, social e institucional a la que asistimos en Cataluña desde hace años. Y los resultados incipientes los vimos hace unas semanas, con la detención de un grupo de radicales dispuestos a cometer atentados. Todo ello, ya fuera de consideraciones técnicas, conlleva una responsabilidad política importante. Pretender que la violencia puede evitarse haciendo llamamientos a utilizar medios pacíficos de protesta, o ‘revoluciones de las sonrisas’, como pretenden algunos, es un grave error. No está en sus manos controlar la aparición o no de violencia, en absoluto, y, de seguir con episodios como a los que hemos asistido recientemente, el surgimiento de nuevas estructuras organizadas con capacidad para atentar es solo cuestión de tiempo.

Miguel Peco Yeste es licenciado en Psicología, doctor en Seguridad Internacional y autor de varias publicaciones sobre radicalización y terrorismo

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