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Opinión

la firma

Realidad y ficción

ACTUALIZADA 30/10/2019 A LAS 02:00
Un aspecto de la fachada del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.
Un aspecto de la fachada del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.
Guillermo Mestre

Se dice que la realidad supera la ficción. Olvidamos que la ficción es un producto de la inteligencia y que pensamos basándonos en nuestro conocimiento y nuestra experiencia previa. Al fin y al cabo, es también realidad, aunque distorsionada. Esta dicotomía entre realidad y ficción pertenece a nuestra cultura desde el inicio de la civilización y es la madre de todas las artes.

Pero reconocer la importancia capital de la fantasía no significa que nuestro comportamiento deba tenerla como guía máxima. Como se dice en lenguaje castizo, la realidad es tozuda y acaba por imponerse. Nuestro sentido gregario nos lleva a comportarnos de forma automática según parámetros aprendidos, y esto es lo que nos induce a la repetición de pautas y comportamientos. En las organizaciones complejas esto no es un problema crucial. Es la normalidad. Esperar una permanente actitud rompedora, disruptiva en terminología actual, es mera fabulación. Es no comprender que los individuos dedicamos nuestra vida y esfuerzo a múltiples fines; que la seguridad y el confort sí son metas deseadas; que la recompensa es necesaria para que aceptemos el trabajo, que nos cuesta transitar por la vida; que somos seres complejos y que nuestra aparente indolencia es fruto del poco interés que despiertan las ideas de aquellos que se consideran a sí mismos eruditos y sabios.

Nuestra Universidad, la de Zaragoza, que al fin y a la postre es de todos los aragoneses, tiene que encarar un futuro inestable, como siempre. La velocidad de los cambios parece haberse acelerado en un entorno que ha reducido sus dimensiones. Solo nubarrones se perciben en el horizonte y, como si fuéramos objeto de una maldición, el cielo descargará su furia sobre nosotros si no nos movemos rápido en la dirección correcta. Precisamos ya líderes fuertes, casi visionarios, que nos guíen por los procelosos caminos que nos depara el devenir. Dejémoslo todo y sin más demora cubramos nuestra cabeza de ceniza, entonemos un mea culpa y sigamos a nuestro caudillo.

No comparto en absoluto esta visión de nuestra institución. El liderazgo necesario para una organización tan compleja como la universidad pasa por la autocrítica, pero nunca destructiva. La motivación que se necesita para seguir avanzando, lo cual es cierto, no es otra cosa que reconocer que la consecución de un fin nos va a costar un sacrificio, pero que tenemos la voluntad y el deseo suficientes para perseguirlo. No será gratis, lo sabemos, pero queremos lograrlo. El líder asume como propios los errores de todos, sabe asignar roles a los que con él cooperan, y estos los entienden y aceptan, y reconoce los méritos de los demás. No es adalid de nada el que cree que su papel es decir a todos y en todo momento lo que deben hacer, dejando para el pueblo exclusivamente la obediencia como mayor virtud. El líder debe pretender colaboradores leales, no discípulos fieles. Decir que se debe trabajar con espíritu crítico y adoctrinar permanentemente sin asumir responsabilidades es un ejercicio de hipocresía.

Muchos de los que anhelan ser profundos pensadores, hablando siempre de los males de nuestra universidad, se muestran como desinteresados dirigentes que nada pretenden para sí y que están dispuestos a la inmolación por el bien común. Su sentido del deber y su deontología les obligan a ello. Aspiran a ser Leónidas y sus trescientos espartanos, convirtiéndose en los intérpretes de la inteligencia colectiva. La realidad, tozuda como ya he dicho antes, nos revela otro escenario. No son valerosos héroes que saben qué hacer y cómo. Más que Leónidas son como la ‘Grande Armée’ napoleónica que, pese a su fuerza y su pretendida superioridad intelectual, fue derrotada en Rusia porque desconocía absolutamente el entorno en el que debía desenvolverse. Nunca pensaron que fueran tan ignorantes del terreno por donde transitaban.

Sí, la universidad española debe moverse, pero si creemos en el mesianismo de algunos no existirá realidad, sino ficción, y los sueños se tornarán pesadillas.

Ana Isabel Elduque es catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Zaragoza

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