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Opinión

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Cuchara de palo

Por
  • Pablo Guerrero
ACTUALIZADA 28/10/2019 A LAS 02:00
Fachada del Tribunal Supremo.
Fachada del Tribunal Supremo.
Juan Carlos Hidalgo / Efe

Vistas las inflamadas reacciones a la sentencia del procés, lo procedente hubiese sido escribir sobre los riesgos que entraña la lógica populista para la democracia real. Es decir, aquella asentada en el respeto a la ley como expresión de la voluntad popular y en la aplicación de ésta por parte de profesionales independientes: los jueces. Y las jueces, o las juezas.

Con independencia del nomen, la discriminación que sufre la mujer en la judicatura resulta, en ocasiones, increíble. La masculinización de los órganos judiciales superiores es notoria. Y este fenómeno estaría favorecido por un haz de condicionantes, en principio insignificantes, que, sin embargo, obligan a las jueces a ir postergando su proyección profesional. Algunos de ellos se manifiestan en los primeros años de carrera de una manera mucho más nítida, incluso, que en otras profesiones. Durante el periodo de prácticas, que se prolonga durante más de dos años, las jueces no tienen un permiso de maternidad al uso, como el que disfruta una médico residente o una estudiante de doctorado. En su caso, el disfrute del permiso -que es obligado- puede comportar la pérdida de la posición en el escalafón, debiendo reincorporarse en la siguiente promoción.

La conciliación de familia y trabajo es una quimera en la mayoría de empleos, pero su ausencia resulta especialmente llamativa cuando afecta a un poder, el judicial, encargado de velar por la tutela efectiva de nuestros derechos y libertades. Ya saben, en casa del herrero…

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