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Opinión

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Por quién doblan las campanas

Por
  • Francisco José Serón Arbeloa
ACTUALIZADA 14/10/2019 A LAS 02:00
El cambio climático no amenaza al planeta, sino al ser humano.
El cambio climático no amenaza al planeta, sino al ser humano.
HERALDO

Un sistema dinámico es un sistema formado por un conjunto de elementos en interacción, cuyo estado evoluciona con el tiempo debido a la existencia de diferentes posibles formas de energía que se transforman unas en otras. En esas transformaciones la energía se conserva pero se va degradando continuamente hacia una forma de energía de menor calidad que es el calor. O dicho de otra forma, cualquier tipo de energía puede transformarse íntegramente en calor; pero este no puede transformarse íntegramente en otro tipo de energía. Dichos sistemas, mientras dispongan de energía útil, evolucionan de manera continua. Además, si el sistema es no lineal, aparecen comportamientos muy complejos que frecuentemente son difíciles de vaticinar. Un ejemplo de este tipo de sistemas es la predicción del tiempo atmosférico, ¿por qué cree que todavía no se puede predecir con precisión el tiempo con diez días de adelanto?

La Tierra y la naturaleza es un ejemplo de sistema dinámico no lineal que se extiende desde su núcleo caliente hasta la atmósfera exterior. Es un todo coherente, autorregulado y cambiante que ha sido capaz de generar una red de vida interconectada, de la que formamos parte. Nuestro planeta, desde su nacimiento hace aproximadamente 4.543 millones de años, ha estado en permanente cambio, nunca ha alcanzado un estado estable, es decir las variables que definen su estado, temperatura, presión, humedad…, respecto al tiempo, nunca han permanecido invariantes pero han permitido hasta ahora la evolución de la vida y de paso la del ‘Homo sapiens’.

Es evidente que el ser humano, con su osadía extraordinaria basada casi siempre en la ignorancia y en la búsqueda incansable de su exclusivo beneficio, está alterando el equilibrio ecológico desde que inició su periplo durante el Paleolítico, continuó con esa tarea durante su posterior asentamiento en el Neolítico y desde entonces nos hemos ensañado sobre el sistema Tierra. La casi totalidad de los científicos consideran que la actividad humana está acelerando el proceso de calentamiento que está sufriendo la Tierra y que se inició al final de la pequeña glaciación a mediados del siglo XIX. La actividad del hombre en la biosfera, la deforestación, el transporte y los combustibles fósiles, el aumento de la superficie cultivable, el crecimiento descontrolado de las ciudades… están causando el efecto invernadero, las lluvias ácidas, los agujeros en la ozonosfera, la acidificación de los océanos, la fusión del hielo ártico y antártico, los huracanes, el aumento del nivel de las aguas, incendios devastadores, el alargamiento de las épocas veraniegas y otros fenómenos extremos.

Lo sorprendente de todo esto es que la actual ideología de las sociedades avanzadas sigue estando basada en: el crecimiento económico, los niveles de vida cada vez más altos, la fe en que la tecnología lo arreglará todo y en la idea aceptada de que ya nos arreglaremos cuando llegue el momento. Parecemos incapaces de tomar decisiones colectivas con consecuencias traumáticas a corto plazo. Al parecer la comprensión del problema está en la mente consciente de la mayoría, pero todavía no le hemos visto suficientemente las orejas al lobo, y no ha generado la reacción intuitiva o visceral de miedo que sería de esperar.

En nuestra arrogancia hablamos de que la Tierra está moribunda y que la debemos salvar. Pero la verdad es que la Tierra no está moribunda, tiene energía suficiente para varios miles de millones de años más, no hay que salvarla de nada ni de nadie, su estado seguirá evolucionando en función de los elementos que existan en cada momento en interacción. Lo que ocurre es que empieza ya a ser evidente que el estado actual empieza a mostrar signos de insostenibilidad creciente para el ser humano. La realidad es que los que empezamos a estar en fase moribunda somos nosotros y por ello debemos salvarnos a nosotros mismos. Y ahora, piense: ¿Por quién doblan las campanas?

Francisco José Serón Arbeloa es catedrático de la Universidad de Zaragoza

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