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Opinión

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Bipartidismo de baja intensidad

ACTUALIZADA 13/10/2019 A LAS 02:00
Pedro Sánchez y Pablo Casado se estrechan la mano.
Pedro Sánchez y Pablo Casado se estrechan la mano.
Efe

A la espera de conocer formalmente y en detalle los efectos de la inminente sentencia del ‘procés’ –las informaciones periodísticas ya han adelantado que el Tribunal Supremo condenará por unanimidad a los líderes secesionistas por sedición y malversación– y descubrir qué consecuencias políticas tendrá la exhumación y traslado de los restos de Franco, el mes escaso que resta hasta las elecciones generales se presenta larguísimo e invita a la aparición de todo tipo de novedades. Aunque desde el PSOE se apuesta por una campaña que habría de ir de menos a más, las consecuencias de la interinidad y el bloqueo solo parecen estar beneficiando a los populares. Con un giro estratégico que busca esconder la carga ideológica del partido, Pablo Casado se pelea ahora por el centro convencido de que los errores de Ciudadanos le permitirán recuperar buena parte de los apoyos perdidos. Una estrategia parecida a la de los socialistas, que tras haber dejado claro estos meses su distanciamiento con Unidas Podemos se asientan en el centro como mejor refugio electoral.

Esforzado por crear un discurso económico creíble ante la desaceleración, capaz de romper con el mantra que asegura que la izquierda gasta y la derecha gestiona, Pedro Sánchez ya ha adelantado que mantendrá a la titular de Economía, Nadia Calviño, y a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. El mensaje refleja una indiscutible voluntad de continuidad en las políticas económicas del Ejecutivo mientras pretende la tranquilidad de Bruselas y de las grandes empresas nacionales. No habrá sorpresas en lo económico como tampoco las habrá en las líneas ya definidas por el Gobierno en funciones. Rechazando riesgos gratuitos e incorporando al discurso cuantas referencias sean necesarias al artículo 155 de la Constitución, Sánchez ha interiorizado que el PSOE de Felipe González es mucho más fiable electoralmente que el PSOE de Zapatero.

Amarrado al centro y beneficiado por las peleas entre Unidas Podemos y Más País –esta última formación con propuestas como una semana laboral de cuatro días o el establecimiento en los 16 años de la edad para votar–, el presidente en funciones apuesta por repetir o mejorar ligeramente unos resultados que sabe pueden llevar a España a un nuevo bipartidismo de baja intensidad. Habrán dos grandes partidos y, tras estos, formaciones pequeñas, tanto a izquierda como a derecha, con un perfil altamente ideologizado que en esta segunda vuelta electoral no pasarán de su condición de muleta.

Donde sí se atisba un claro retroceso, víctima del personalismo y de una errática postura política que ha terminado por desconcertar a los votantes, es en Ciudadanos. Si incomprensible resultó la salida de Inés Arrimadas de Cataluña, interpretada como un abandono de la Comunidad tras haber ganado las elecciones autonómicas, más confuso ha sido el veto impuesto y tardíamente levantado al PSOE por los naranjas. La situación en la formación, también condicionada por el anuncio de significativas bajas, ha permitido que por primera vez Albert Rivera haya hablado de la posibilidad de abandonar el liderazgo del partido si los resultados del 10-N no le acompañan. Coaligados con UPyD para concurrir a las generales, Ciudadanos ha pasado de despreciar la vicepresidencia del Gobierno a introducirse en un proceso de pérdida de relevancia.

En situación de espera, víctimas de la falta de continuidad en el Gobierno central y sin haber logrado que la descentralizada España autonómica haya sabido tirar del carro durante estos últimos cuatro años, PSOE y PP fían su futuro a la concentración del voto útil producto del hartazgo. Cómo incorporan los partidos a su estrategia la sentencia del ‘procés’ y la exhumación de Franco ayudará a descubrir hacia dónde viajan los votos.

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