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Opinión
Fiestas del Pilar 2019

Opinión

El día de todos en la ciudad libre

ACTUALIZADA 13/10/2019 A LAS 21:30
PREGON DE LAS FIESTAS / FIESTAS DEL PILAR 2019 / 05/10/2019 / FOTO : OLIVER DUCH [[[FOTOGRAFOS]]]
La plaza del Pilar, el pasado 5 de octubre, durante el pregón de las fiestas.
Oliver Duch

No sé bien lo que andaba buscando para definir el Pilar y su espíritu. Me pareció encontrarlo en el concierto de Tachenko y León Benavente, en la plaza de las catedrales, cuando Benavente encadenó aquello de "amo mirarte y en cada momento / volver a sentir algo nuevo", pero me parece más preciso un verso de la gran poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen, en la antología ‘Lo digo para ver’, donde dice: "Allí vimos la vehemencia de lo visible".

Desde hace mucho tiempo los Pilares, tan inextricables y vastos, tan ruidosos y felices, son un poco eso: un concierto para los sentidos, la exaltación de las fiestas populares, la exposición de muchísima gente que sale a pasearse a cuerpo, como decía Gabriel Celaya, y que lo toma todo: los bares y restaurantes, las plazas, los teatros, la orilla de los ríos, los museos, los parques, la ciudad por completo en todos su intersticios. Incluso lo que parecía perdido o inexistente se renueva.

En el Pilar, Zaragoza se ensancha y se desordena. Y lo tiene todo: lo que gusta, lo que apabulla, lo que atosiga, lo que desata formas febriles de gozo y quizá de desconcierto. Suena todo: la quena persistente, esa flauta andina que te llega hasta más allá del tuétano y del cóndor que pasa; la canción mexicana en cualquier rincón, como si una Chavela Vargas volvieran a la vida o Paquita la del Barrio o Lila Downs se colasen, clandestinamente, entre nosotros; el rap, el rock, la música clásica. Suena Amaral, Juan y Eva, en dos conciertos distintos: uno, íntimo, en El Oasis, la caracola de la leyenda, y otro, a pleno pulmón, a orillas del Ebro y ante la aguja erecta de la Seo.

La gente, como si fuera de aquí para allá en manadas numerosísimas hacia un imaginario lago Kivú, como soñó Julio Antonio Gómez hace más de medio siglo, busca su sitio, ese modo inefable y feroz, aunque civilizado, de tomar posesión de una urbe que es acogedora, bimilenaria, evocadora en muchos de sus rincones y a la vez humilde, de una sencillez sin trampa ni cartón.

Recuerdo la primera vez que conocí el Pilar. En 1978. No había visto nada igual. Tanta fiesta. Tanta gente. Tanto ceremonial. Ese entusiasmo que brotaba de la identificación, de la necesidad de soltar lastre y de despertar de un letargo quizá enojoso. Y sin embargo, la ciudad, paso a paso, año tras año, con el torbellino de la democracia, con esa mixtificación de las fiestas populares, fue haciéndose más festiva, más cultural, más atrayente. Más desenfadada y libre. Era la ciudad de los tres ríos, de las marionetas, de los grandes conciertos en La Romareda, la ciudad de José Antonio Labordeta con su canto tribal. La ciudad de la quinta de Benhakker y luego de la Quinta de París. 

La ciudad de las vanguardias, y de Fernando García Mercadal y el racionalismo, la ciudad de Pórtico, la ciudad de los grupos subversivos en el arte, la ciudad de los objetores (Félix Romeo entre ellos: tan zaragozano y universal y sabio). La ciudad que respiraba por sus actores y sus cineastas, casi tanto como hoy. 

Zaragoza cuenta, canta y vive en todas sus dimensiones. Al llegar al Pilar se muda. Da igual quien pronuncie el pregón o cante ante la basílica, no da igual pero un poco sí: son los días de la permeabilidad, de la entrega, del orgullo, de una lasitud que otorga confianza. El Pilar lo democratiza todo, incluidos la algazara inclemente y sus estandartes.

Los Pilares, aunque ya no sean los mejores, y la crisis se adueñe de tantas cosas, siguen siendo terapéuticos. Esperanzadores. Los zaragozanos los disfrutan, se los exhiben a los que vienen de afuera, los ofrecen, y la alegría opera casi como una invitación a sentirse pueblo, colectivo, tradición. En estos días, hay tanta camaradería que aceptamos todo aquello que no suele gustarnos.

El Pilar es el penúltimo scalextric de emociones incontrolables. Un agitado tiempo muerto para sentirse más vivo que nunca. De aquí. De una historia. De un modo de ser con los otros. Y además con un tesoro que no se puede resumir: Zaragoza es la ciudad de las 30.000 Pilares; también son "la vehemencia de lo visible". Y a veces tienen un ojo de cada color y un corazón tan indomable y libre como el león de la ciudad.

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