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Opinión

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Los niños quieren salvar el mundo

Por
  • Juan Manuel Iranzo Amatriain
ACTUALIZADA 02/10/2019 A LAS 02:00
Montreal (Canada), 27/09/2019.- Swedish sixteen-year-old climate activist Greta Thunberg speaks during a press conference at the end of the march for the climate strike in Montreal, Quebec, Canada, 27 September 2019. Thunberg participated in several climate events in Montreal, continuing a month-long series of climate-related appearances in the US and Canada which began with her sailing from England to New York in late August. (Nueva York) EFE/EPA/VALERIE BLUM Greta Thunberg participates in climate rally
Greta Thunberg.
Valerie Blum / Efe

Nueva Doncella de Orleans al frente de una cruzada de los niños mundial, en apenas un año Greta Thunberg se ha erigido en líder moral del movimiento ecologista global y símbolo del siglo XXI. Porque en este siglo se decide nuestro destino como civilización y como especie, lo decidimos nosotros, ahora. Lo avisó en 1972 el Informe al Club de Roma: si el crecimiento demográfico y el aumento de la producción agropecuaria e industrial, la explotación insostenible de los recursos naturales y la contaminación ambiental continuaban al ritmo de los veinticinco años previos, el sistema sobrepasaría sus límites absolutos -eso ocurrió en los años noventa- y colapsaría, autodestruyéndose, antes de cien años. Ese ritmo, pese a las crisis económicas, ha aumentado desde entonces.

En ámbitos dominados por el fundamentalismo de mercado y el cinismo político se mira a la adolescente sueca con síndrome de Asperger con el mismo desdén con que la corte de Francia recibió inicialmente a Juana de Arco. Murmuran que, sobre el firme suelo de su elevada inteligencia y su sobria ética protestante, empresas mediáticas próximas a la internacional socialdemócrata han edificado una figura carismática que, más que por su lucidez, su solidaridad o su sentido de la responsabilidad, atrae por su inocencia, su sinceridad y su veracidad. Es la antítesis perfecta de Trump y sus imitadores. Una jugada astuta, porque todo movimiento social basado en un principio ético, esto es, que exige arriesgar o sacrificar beneficios personales inmediatos por el bien común, requiere un líder ejemplar cuya emulación dignifique y motive a sus seguidores (como Gandhi o Luther King). 

Thunberg apela a los líderes mundiales y al hacerlo respeta su legitimidad; les demanda soluciones, sin sugerirlas ella misma, y de ese modo reconoce su competencia y asume sus valores; no pregunta qué ha frenado hasta hoy la toma de decisiones apropiadas ante un problema largo tiempo evidente y así obvia a los causantes: diferencias de interés particular entre naciones o entre grandes empresas que, cabe suponer, serán pronto superadas por el bien de todos -la mera supervivencia de la especie, si es que la sostenibilidad de la sociedad moderna o la preservación de la riqueza material y moral que supone la biodiversidad no nos mueven lo bastante-. Ella no propone soluciones concretas, siempre discutibles, pues eso significaría tomar partido y su objetivo primero es la unidad global. Nada de esto es subversivo, excepto para los negacionistas patológicos o los idólatras del beneficio privado que rezan ‘crezcan mis ingresos y perezca el mundo’. Quizá estemos ante la primera revolución global de la historia impulsada por un movimiento no revolucionario.

En los diez minutos de su impecable charla TED, Thunberg afirma rotunda que a la retórica del interés de las generaciones futuras y a la esperanza en una próxima solución tecnocientífica sin el menor coste social se les acabó el tiempo. Ella y sus coetáneos son las generaciones futuras, están aquí, sus redes sociales han movilizado la protesta global de la que es portavoz, y, junto con sus hijos y nietos, seguramente estarán vivos en 2100 si una catástrofe climática no devasta el sistema económico global. Para evitarlo basta reducir la producción de hidrocarburos, y con ello las emisiones producto de su combustión, hasta el nivel que puede absorber el medio, deteniendo la actual masacre de especies ya designada como ‘la sexta extinción’ masiva en la historia de la vida en la Tierra. Sin embargo, el reciente ataque a dos refinerías saudíes ha demostrado que la mínima expectativa de reducción de la producción de crudo hace temblar, de miedo a la recesión, a la economía global. He ahí el obstáculo.

Cuando un pueblo se enfrenta a un monstruo aniquilador invulnerable a las armas de la razón su sola esperanza de supervivencia es la aparición de un héroe que encabece su lucha y de un mito que enardezca su resistencia, por terribles que sean el sufrimiento y la pérdida, hasta la victoria final. Greta, la niña con nombre de huracán, es la nueva heroína y la Transición Energética a un Estilo de Vida Sostenible, el nuevo mito. Pero todo mito heroico necesita su villano. ¿Aceptarán ese rol países cuya economía depende de la producción de crudo (Rusia, Venezuela, Irán, sus vecinos del sur del Golfo) o sus potencias aliadas, Estados Unidos y China? Sin un Plan de Transición viable para ellos, que sus gobiernos, en su mayoría autoritarios, no vean como una amenaza, no hay solución. Por desgracia, el escenario geoestratégico global no es ningún cuento de hadas.

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