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Cuando comer sano ya es política

ACTUALIZADA 01/10/2019 A LAS 18:32
Reportaje de la subida del precio de la verdura en los mercados a causa de las recientes heladas. Mercado Central / 17-02-2012 / Foto: Maite Santonja
Aragón produce verduras frescas y de proximidad.
Maite Santonja

Últimamente, cada vez que estoy en torno a una mesa con jóvenes, no queda más remedio que reparar en la composición de los alimentos que se ponen en el plato. Si son procesados, el escrutinio es máximo: porcentaje real del producto, tipo de grasas, conservantes, estabilizantes… y otras consideraciones que socavan la acreditada realidad de que, gracias a ese tratamiento, más población que nunca está mejor nutrida. Pero eso parece página a superar y, hoy, la observancia traspasa las farragosas etiquetas de los procesados para alcanzar a carnes, pescados, frutas y verduras. De dónde vienen, cómo han sido criados o cultivados hasta llegar a la nevera, por no hablar del plástico que los envuelve. Así, pasamos del humilde reciclaje a conjurar la epidemia por microplásticos.

Con ese sonsonete veraniego, veo en uno de mis cafés favoritos -donde tienen el buen gusto de ofrecer este mismo periódico y ‘Le Monde’-, que el tema de portada a toda página del vespertino francés es ‘La desmesura de la alimentación de masas’. Porque, de la misma manera que cuando una está embarazada solo ve embarazadas, este inicio de curso -más allá de la gran desmesura que es la política-, observarán que el tema de la alimentación está omnipresente. 

Arrancaba septiembre con un informe de la Fundación Gasol que revelaba que el 35% de los adolescentes y niños españoles tiene sobrepeso. Otro estudio alertaba de que el consumo de refrescos, sean o no azucarados, aumenta directamente el riesgo de muerte prematura. Y un estudio más decía que, para 2030, el 80% de los hombres y el 55% de las mujeres tendremos obesidad o sobrepeso. 

En ‘Le Monde’ se recreaban en los métodos de crianza de los animales que comemos, con cifras impactantes: la especie vertebrada más numerosa de la tierra es el pollo, con una población en 2018 de 22.700 millones, y modelos de cría que permiten tener hasta 21 aves por m2. También, que la industria agroalimentaria emite el 30% de los gases de efecto invernadero y absorbe el 70% del consumo de agua dulce. A la vez nos recordaban que en 2050 habrá que alimentar a 10.000 millones de humanos.

Salud individual y salud del planeta que confluyen en el movimiento flexitariano, ese que apuesta por ingerir como fuente de proteínas más legumbres y menos carne, para ganar salud y combatir la crisis climática.

La difusión de informes va pareja al éxito de libros que reivindican la comida real y saludable y ayudan a comprender las etiquetas. Así te enteras de que el jamón de york, en cuanto te descuidas, solo es carne en un 50%, mientras el otro 50% son féculas, almidones y añadidos; o que el primer ingrediente de muchos chocolates negros es… ¡azúcar! Y, como lamento generalizado, que la dieta mediterránea ha salido de nuestras cocinas: faltan legumbres, verduras y frutas, y sobran refinados; que no hay por qué ir a buscar la supuesta superverdura ‘kale’ frente a las nuestras, tan frescas y cercanas; o eso más sabido de que un producto ‘eco’ deja de serlo si llega en avión. 

¿Una moda? Para Aragón, una gran oportunidad. Aunque se dice poco, somos unos privilegiados. Tenemos un río jalonado de huertas que nos ponen la verdura en casa en pocas horas. Espacio y tradición para una crianza y transformación saludable de animales. Y unos vientos que evitan la contaminación sobre nuestras cabezas. Polvo viento, niebla y sol, sí. Pero ahora, agua, tierra y viento son características genuinas, no deslocalizables y ventajosas para un futuro cada vez más exigente en el que comer mejor es ya asunto político, donde sumar desarrollo, salud y educación. 

En la localidad oscense de Loporzano acaba de acceder al gobierno una lista emanada de la plataforma ‘Loporzano sin ganadería intensiva’. No se trata de rechazar la industria alimentaria que tenemos, que crece en empleo y capacidad exportadora. Pero sí de pensar en esas nuevas generaciones, que prefieren usar a comprar y quieren productos saludables. Aragón puede ser la mejor despensa.

Nuestra industria agroalimentaria clama por una marca única que ampare eficazmente sus productos. Si otros tienen ‘Galicia calidade’ o ‘Tierra de sabor’ (Castilla), lo nuestro bien podría ser ‘Aragón sano’. Es el espíritu del tiempo.

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