Opinión

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‘Fakes’

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 13/09/2019 A LAS 02:00
'Fakes'
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POL

Suele decirse que internet y las redes sociales han favorecido la democratización del conocimiento, al extender y hacer la información accesible a todos. O a casi todos, habría que añadir, porque el capital informativo sigue estando desigualmente distribuido: no todo el mundo puede ni sabe cómo acceder a la información y no todos pueden generarla o difundirla con el mismo grado de éxito. Pero además, al ampliarse ese poder también se ha extendido o ‘democratizado’, por así decirlo, la capacidad de corromper la información y el verdadero conocimiento, que ha sido sustituido por lo que algunos han llamado "la sabiduría de la turba", donde se mezclan hechos y opiniones, y la argumentación crítica y el debate de ideas son suplantados por la fanfarronería, la especulación y el insulto. Con otras palabras, la presunta democratización de la verdad —y digo presunta porque hablar de ‘verdad democrática’ seguramente es un oxímoron para ocultar o disfrazar la ausencia o deformación de la verdad— ha traído consigo la aparición de la posverdad, que la RAE define como "distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". Lo llamativo del mundo de la posverdad no es la simple ocultación de la verdad, sino que la pregunta por la misma carece de sentido. Es el triunfo del charlatán: mientras que el mentiroso trata de hacernos pasar algo falso por verdadero, al charlatán le resulta indiferente la distinción entre lo verdadero y lo falso, y es esa indiferencia, y el escepticismo nihilista que de ella se deriva, lo que tiende a contagiar.

Siempre pensamos que la posverdad es una creación de otros, los grandes medios o los poderosos, que nosotros solo soportamos o padecemos. Pero en realidad un charlatán no consigue nada si alguien no lo escucha y amplifica su discurso: su auténtico poder radica en la (in)voluntaria servidumbre de su audiencia. En algún momento, y en mayor o menor medida, todos contribuimos a la manipulación y a la mentira con la difusión de bulos y falsedades, acentuando el aplauso emocionado o la indignación compartida. A veces de modo inconsciente (por falta de atención) y a veces deliberadamente (porque contribuyen al relato de la causa). Entre otras razones porque aquellos en los que confiamos también lo hacen, sean unos u otros, de derechas o de izquierdas. E incluso quienes presumen de un mayor talante crítico suelen —o solemos— ser en ocasiones, y tal vez por ello, los menos rigurosos.

Hace algunos días me pasó a mí. Compartí en las redes sociales una noticia de hace un año (algo de lo que yo no me había dado cuenta al leerla) que me había llegado por otro medio. Rápidamente algunos amigos me señalaron el error y la irresponsabilidad de difundir una noticia falsa y ya pasada. ¡Es un fake! Pero la información realmente no era falsa. ¿Y desfasada?

Ciertamente, la manipulación informativa no estriba únicamente en hacer pasar lo falso por verdadero, sino también lo pasado por actual, o lo común por inusual y novedoso. Sin embargo, que algo no sea reciente tampoco quiere decir que automáticamente ya no tenga interés, o que no debamos estar atentos a esa realidad (sea positiva o negativamente, para preocuparnos o para felicitarnos por ella) sobre todo cuando las circunstancias no cambian. La distorsión y la manipulación también consisten en disimular lo sucedido considerándolo como algo caduco y banal, o incluso ocultarlo como si no hubiera ocurrido. Pero un hecho puede seguir siendo noticia o tener interés aunque ya no sea novedad; o precisamente por no serlo.

Hoy día la velocidad y la obsesión por la originalidad y el escándalo lo engulle todo. La obsolescencia planificada afecta también a la información y al conocimiento, que consideramos inservible o desfasado en un plazo cada vez más perentorio. Curiosamente aplicamos la lupa y el altavoz para interpretar o reinterpretar el pasado más remoto mientras silenciamos o rehuimos el más cercano y reciente. Reivindicamos la prescripción legal, social y moral de lo más inmediato, y denunciamos y condenamos enérgicamente lo más lejano. La rapidez y la obsesión por la novedad nos encadena a los sucesos y nos distrae de los procesos.

Andrés García Inda Universidad de Zaragoza

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