Opinión

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Liturgia y misterio

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    ACTUALIZADA 08/09/2019 A LAS 18:27
    Visitas al cementerio de Torrero en Todos los Santos
    Visitas al cementerio de Torrero en Todos los Santos
    Guillermo Mestre

    Se dice que estamos ante la liturgia previa a la convocatoria electoral, como si las liturgias se nutrieran de imposturas, como si no fueran otra cosa que una pérdida de tiempo que nos alejara de la verdad de las cosas. En los juegos florales en los que anda la política española se adivina más bien eso que se ha dado en llamar la construcción del relato, expresión que antaño parecía fútil al lado de la artimaña o la estrategia. Pero los tiempos, que han venido siendo malos para la lírica (algo que acuñó Bertolt Brecht mucho antes que el grupo Golpes Bajos), resultan catastróficos para las liturgias.

    Los ritos, en general, han gozado de una amplia y variada atención por parte de la teología y la antropología, pero en la época vertiginosa de la realidad virtual y la tecnología, el rito parece una extravagancia como lo empieza a parecer la mera presencia física de una persona o de un grupo en un acto o reunión.

    Ha sido noticia que el obispo de Huesca ha tratado de preservar la esencia de las exequias cristianas prohibiendo que en ella se añadan elogios, despedidas, agradecimientos o cánticos que no responden a la naturaleza del acto litúrgico. No hay nada superfluo en la liturgia. Al revés, todo alcanza un significado propio y universal.

    El teólogo Ratzinger, antes de ser Benedicto XVI, rescató la leyenda del príncipe Vladimiro de Kiev, que envió a sus legados a comparar las diversas religiones para decidir cuál era la que más convenía a su reino. Se desencantaron al ver cómo rezaban los musulmanes búlgaros y algo parecido les ocurrió con la frialdad de los católicos germanos pero cuando llegaron a Constantinopla, el emperador les invitó a una ceremonia en Santa Sofía y fue allí donde quedaron emocionados por el esplendor y la magnificencia del culto.

    “No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra. Hemos experimentado que Dios estaba allí entre los hombres”, dijeron. Así se cuenta cómo fue la conversión de Rusia al cristianismo ortodoxo en el siglo X. Ratzinger alude al poder persuasivo del misterio, al desbordamiento de la disputa de la razón. Conceptos sin duda demasiado elevados para compararlos con nuestra práctica política, más atenta al reparto de cargos y al mero impacto mediático.

    aeorus@heraldo.es

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